Jabali Matrero

26 noviembre, 2014 Relatos de Caza

Los cotos o estancias ubicados en las cercanías de las grandes ciudades o pueblos, tienen un plus de dificultades para el cazador deportivo: la competencia. He recechado ciervos en las cercanías del lago Fontana, en el Chubut,  donde se puede cabalgar durante varios días sin encontrar gente o viviendas; rastreé a los avispados leones sureños de Santa Cruz, una provincia cuya cantidad de habitantes no excede a la de un municipio bonaerense; vislumbré en la foresta del Impenetrable chaqueño a la huidiza corzuela  sabiendo que el pueblo más cercano, con 400 habitantes, se encontraba a 20 leguas de distancia. Y así podría seguir dando ejemplos, ya que nuestra hermosa Patria parece infinita.

En cambio, en la Provincia de La Pampa, el Neuquén o Río Negro, entre otras, que constituyen el epicentro de la actividad venatoria, las ciudades, pueblos y parajes se cuentan por decenas, y gran parte de sus habitantes son cazadores que tienen el privilegio de salir por la mañana y regresar por la noche con el morral completo. Así de breves son sus viajes. Benditos sean, ya que están en su derecho, pero cada pieza que abaten es una menos para los que deben recorrer miles de kilómetros para acercarse a los territorios de caza. Esto no es queja, llanto disimulado, reproche ni mucho menos, sino exponer crudamente una realidad. También San Martín de los Andes y Junín de los Andes son localidades neuquinas en cuyas inmediaciones habita el 90% de la población de ciervos y jabalíes provincial, que soporta – actualmente – la presión venatoria de locales y forasteros sin que peligre la especie, gracias en gran parte a la proliferación de cotos de caza y estaciones de recría. La abundancia de astados en esa región permite verlos de día, y basta con recorrer por la noche  la ruta Bariloche – Villa La Angostura para toparse con ciervos o chanchos al cruce. Cazadores legales, lugareños con hambre, indígenas y furtivos de toda laya y pelaje tentados por el comercio ilegal de cuernas y carne, han logrado que las reses de caza con defensas significativas se transformen en figuritas difíciles para el deportista extranjero, por así llamar a los que proceden de otras provincias. Va de suyo que quienes respetan vedas y cupos merecen todo nuestro respeto, aunque por el hecho de poder observar a los ciervos desde la ventana sean acreedores de nuestra sana envidia… jabali29

La vieja sentencia cuanto más lejos mejor, referida a las ventajas de cazar en territorios impolutos o alejados del hombre, cobra cada día más vigencia y viene a cuento para enmarcar este relato en otra región privilegiada donde se han incorporado muchas especies exóticas: me refiero al imponente cordón montañoso Sierra de la Ventana, en cuyos faldeos transcurrieron algunas aventuras que en su oportunidad reflejaron las páginas de Vida Salvaje. Tierra de guanacos, ciervos dama y cabras salvajes como trofeos excluyentes durante medio siglo, hace pocas décadas incorporó nuevas especies de gran atractivo cinegético: jabalíes, ciervos colorados y algunas especies de elite en los cotos más afamados, como el muflón, antílope, axis, etc. Cercana a Bahía Blanca, Tornquist, Dufour, Mar del Plata, Coronel Suárez y siguen las firmas, los nuevos y viejos ejemplares han modificado sin prisa ni pausa sus hábitos naturales, tornándose más ariscos e impredecibles debido a la presión de los buenos y los malos: unos con la caza legal, que se intensifica día a día, y otros con la furtiva y la balacera, que deja señales indelebles en la computadora de los animales. Basta con recordar que años atrás era medianamente factible observar en la lejanía reses silvestres a las que se podía recechar con las dificultades propias del lance venatorio. Hoy esa distancia no solo se ha duplicado sino que las presas incorporaron costumbres ajenas a sus hábitos ancestrales, entre ellas y la no menos importante, permanecer inmóviles al presentir la presencia humana – típica actitud de la perdiz – que nos hace pasar de largo a pasos de su escondite. Pero más allá de las dificultades que propone la caza, a pesar de la cercanía de grandes ciudades y pueblos, la presión del furtivismo se diluye gracias a la intensa vigilancia que ejercen los múltiples cotos que se han instalado en la región.caza pelig2

Con esos pensamientos en mente lidiaba con los fracasos y el frío durante un intento más en pos de un buen verraco serrano, esta vez en un vedado de inauguración reciente, con promesas de buenos trofeos, pero con escasa estructura de custodia. Había dejado bien amarrado al caballo a cubierto de un recoveco de la montaña, y recechaba lentamente las laderas pedregosas y sus miradores naturales, que me fueron útiles para poner en el prismático algunas siluetas de hembras paridas. La constancia tuvo su premio cuando descubrí a un macho solitario que por el tamaño podría tener buenas defensas. Sin embargo, a pesar de intentar un acercamiento a cubierto y sin prisa, zigzagueando por detrás de rocas y arbustos, desapareció como por encanto. Es cierto que la montaña siempre juega malas pasadas con los vientos que rebotan en los vericuetos generando remolinos inoportunos, pero era notorio  que las reses silvestres sufrían excesivo acoso de cazadores, jaurías y trampas. Un lazo de fino cable de acero colocado con destreza en una pasada debajo del alambrado, y los rastros de una jauría me convencieron que no había elegido bien mi destino venatorio. Pero allí estaba y no era cosa de pegar la vuelta… Después de esa y otra jornadas  infructuosas, donde hasta las perdices eran ariscas, con poco resto y ganas de seguir trajinando, decidí intentar el viejo truco del acecho. Trajinando, encontré una bañadera que usan los chanchos para cubrirse de lodo y protegerse de los mosquitos y tábanos. Son charcos lodosos permanentes que se forman cerca de las vertientes naturales que los animales recuerdan aún durante las sequías más intensas. La que descubrí mostraba innumerables huellas y camas estampadas en el fango.  Con las feraces praderas extendidas al pié de los cerros, donde los cereales son una tentadora mesa servida, era lógico suponer que al amanecer, terminado el festín y antes de amadrigarse en sus dormideros en las alturas pasarían por el barrizal. Como en tantas oportunidades habría que poner a prueba la paciencia y la suerte, porque lamentablemente la luna, en cuarto creciente, mostraba una pequeña parte de su disco plateado; se asomaba y escondía temprano y la luz, precaria, hacía difícil la observación y pocas las horas propicias. A pesar de los riesgos no tenía otra y me instalé a pocos metros,  15 como mucho, para exprimir  las chances de luz. Con el aire favorable y todo el confort que pude acopiar para la espera, al atardecer me encomendé a los dioses de la caza. Con el satélite casi en el cénit y pocas horas de claridad relativa, comprobé que la Leupold  6X funcionaba a las maravillas: aún difusas veía las formas de piedras y arbustos con bastante claridad, pero como no eran rocas o matojos mi objetivo, si se acercaba la mole de un padrillo de más de 100 kilos habría caza. El lance fue más breve de lo imaginado: cuando comenzaba a sentir las gotas de rocío, presagio de la niebla frecuente, el astro cubrió velozmente el último tramo de su trayectoria y se perdió detrás de las cumbres. Hora de levantar el campamento. A los trompicones llegué hasta mi caballo y regresé planeando el intento siguiente. Con la pequeña ventaja que me daba la luna un poco más inflada, estaba otra vez detrás del .300 con las esperanzas intactas. Una mirada al cebadero  con el prismático, sin acercarme para no dejar olores, confirmó que después de mi retirada habían acudido varios jabalíes que hozaron hasta tres metros de mi refugio!!! Preparé cuidadosamente el rifle utilizando la funda como cuna, los prismáticos apuntados al blanco para minimizar los movimientos y comenzó la fiesta. En tanto me envolvían las sombras comprobaba que las condiciones habían mejorado, si bien no era para aplaudir, los perfiles aparecían más nítidos que la noche anterior… jabali 2013 k Una, dos, tres largas y frías horas  rodeado de silencio se interrumpieron con la llegada de una cuadrilla de chanchos gruñendo y atropellándose entre sí. Eran más de 15 brutos entreverados formando una masa negra, bulliciosa e inquieta que se disputaban la cancha. Cambié por el rifle y llegó la primera decepción: la diferencia del par de aumentos de un lente a otro era notable. Como seguramente mi trofeo no estaba en la piara, ya que los viejos solitarios no acostumbran convivir con la manada excepto en época de celo, disfruté del show que me regalaba natura. Había de todo, jabalinas, lechones de la última parición y los más crecidos, que por un año  permanecen junto a la madre. A pesar de todo me preguntaba: sería que tanta espera, viajes y fatigas tendría esa magra recompensa? En primera fila los veía acunarse para formar la cama, enlodarse desde el hocico hasta el rabo y a los niños veloces regresando al llamado del ronco gruñido de la hembra. Poco a poco la manada comenzó a ralearse, los rezongos se hicieron lejanos y llegó el premio mayor del sorteo: un enorme macho silencioso asomó la jeta curioseando los alrededores, tan grande que a simple vista lo veía. Aunque el viejo verraco permanecía semi oculto y de punta, me decidí por un tiro a la hoya, entre las patas delanteras, pero una fracción de segundo antes del disparo el muy ladino volteó y desapareció en la oscuridad. Puteando por la indecisión lo di por perdido… ni ilusiones de que volviera. jabali 100 Nuevamente acurrucado, quedé  rumiando bronca más de media hora hasta que escuché rumores de pisadas sobre los guijarros. Segundo milagro: volvió a aparecer, tan receloso como antes, indeciso y vigilante, apuntando la trompa a izquierda  y derecha. No tenía dudas que se trataba de un macho matrero, astuto y receloso que podría recular en cualquier momento, aunque era casi seguro que no resistiría mucho tiempo la tentación de zambullirse. Apunté a la cabeza esperando el momento propicio, pasaron largos minutos con el dedo acalambrado sobre el gatillo, hasta que por fin se decidió mostrando toda su imponencia salvaje. No obstante, no cesaba de moverse  yendo y volviendo sobre sus pasos, lo que sumado a la visión al límite no me daba el blanco perfecto: debía ser paciente y esperar a que se tranquilizara. Poco después avanzó en mi dirección y se clavó sobre el rastro oloroso de las hembras, regalándome el segundo necesario para un tiro al cuarto delantero que resultó perfecto. Se desplomó junto al charco, se incorporó de un salto, caminó unos pasos y cuando cerrojeaba para el segundo cayó pesadamente. Me tomé unos minutos de relax, los suficientes para tomar aliento ya que sentía que había corrido 100 metros llanos, y por fin estuve a su lado para admirar un par de navajas gruesas y sanas, que sobresalían de los belfos mugrientos. Un verdadero trofeo.

Llegué dejando las riendas sueltas: el pingo llegaría a la querencia en línea recta. A oscuras y en silencio encontré mi cuarto y dormí hasta que me despertó la claridad que entraba por la ventana. Pronto el encargado dispuso que un par de paisanos me acompañaran para traer a la bestia. Poco tardamos en hallar mi escondite y a pocos metros la presa, soberbia aún en la muerte. Fotos para el recuerdo y llegó el tiempo de despostar. Mientras cuereaban con manos expertas y ágiles llegó la sorpresa y la explicación de tanta arisques: en el cogote, donde su coraza de cuero llega a casi dos centímetros, estaba alojado un proyectil calibre.22 – enquistados en una pequeña bola fibrosa que no habían alcanzado a la carne. Vaya uno a saber cuántas veces – además –  lo acosaron con perros o persiguieron con reflectores. No sin respeto por el viejo luchador abatido, concluí una cacería inolvidable por el resultado pero decepcionante por el campo que me tocó en suerte. Ojalá el responsable del campo se adecue a las circunstancias y colabore con los vecinos para controlar la depredación.