AXIS Trofeo de Alta Gama

23 junio, 2016 Relatos de Caza

Nuestro país posee una extensa y diversa cantidad de especies de caza deportivas autóctonas, si bien es cierto que casi todas están vedadas a la actividad. Pero gracias a la visión de pioneros como los Luro, Hossmann, Anchorena y otros, – con quienes estamos en deuda – la lista se amplía con varias exóticas, incluidas las más codiciadas por la grey cazadora del mundo. Desde diversas regiones europeas, especialmente orientales, se incorporaron a nuestro patrimonio faunístico ciervos colorado, dama, muflón, íbice, jabalí, cabra de Anatolia y cabra hircus; de la lejana India búfalo de río, ciervo axis y antílope de lomo negro; desde Canadá nuestra Marina de Guerra transportó en 1948 varios ejemplares de Reno a la Isla de Tierra del Fuego, de los que no se tienen noticias, aunque podemos ilusionarnos con que algunos aún vaguen entre lengas y cohiues; y por último nos enriquecimos con una pequeña manada de ciervos Padre David (su descubridor), adaptada rápidamente en varios cotos privados, donde prosperó al punto de convertirnos en uno de los nichos ecológicos más importantes de la raza originaria de China.
Sería ideal que a estas importantes y singulares propuestas foráneas pudieran sumarse las nativas, un sueño posible a largo plazo en tanto un manejo racional desplace al argentinísimo prohibir por prohibir, que ha llevado a casi todas al borde del exterminio. Mientras la caza de nuestra de fauna local está prohibida y al borde del colapso, otros países protegen a la suya incentivando su progresión cuali y cuantitativa a través de la explotación sustentable de la caza deportiva: tal es el caso de Africa, E.E.U.U. y otros Estados donde su proliferación – aún con temporadas de caza intensivas – exige la implementación de planes oficiales de diezmo anual por medio del rifle sanitario. Puma, pecarí, guanaco, zorro, yaguareté, ocelote, tapir, ciervo huemul, ciervo de los pantanos, ciervo de las pampas, carpincho y chancho quimilero podrían, mediante una tutela científica, leyes proteccionistas racionales y estaciones de recría adecuadas, alcanzar poblaciones suficientes para ofrecerlos como trofeos, cimentando una actividad cuyos ingresos contribuirían a su protección y desarrollo.
Era necesario este extenso raconto para poner en relieve a nuestra abundante oferta faunística deportiva y al extraño favoritismo de la comunidad venatoria por el majestuoso ciervo colorado, que pareciera ser el único calificado para el lance venatorio. No puedo censurar esa predilección general que he compartido durante gran parte de mi vida, pero sí plantear alternativas para ubicar el visor sobre presas que no pueden faltar en las panoplias. Creo, con el mayor respeto por quienes disienten, que en la variedad descansa gran parte de la experiencia, y que las aventuras en pos de nuevas opciones conducen a desafíos distintos y conocimiento de hábitats, costumbres y técnicas de caza diferentes. Sirva como ejemplo la del pecarí, corzuela y puma, trofeos que demandan jornadas inolvidables de aguardo o rececho en medio de montañas o selvas extremas que exigen tesón, sacrificio y astucia, componentes un tanto depreciados en la actualidad. Afortunadamente, algunas provincias han autorizados para ellos licencias y cupos razonables, lo que marca el incipiente método a seguir. avstruz q
Lo expuesto allana el camino para relatar mi reciente correría tras el ciervo axis, un peculiar astado sin las pretensiones ampulosas del colorado, pero con belleza y estética que superan a nuestro rey de bosques y cordilleras. No en vano un cervato de esta raza – por su perfección y lindura natural – se popularizó mundialmente como Bambi en la célebre película de Disney. Desde la frente atildada con una fina línea oscura sobre los ojos; la librea alazana con manchas blancas asimétricas; panza, bajo cuello y parte de las patas nevadas; el trazo negro que corona el lomo desde la cabeza hasta el anca; la corpulencia – más de 100 kilogramos – y las dificultades que entraña su caza, lo convierten en un logro inolvidable. La cornamenta no desentona con su inconfundible aspecto: las varas pueden alcanzar un metro de largo desde la roseta, donde se bifurcan dos largos candiles o luchadoras, su mejor arma de defensa y ataque; pocos centímetros antes de culminar las cuernas y hacia el centro, afloran sendos pitones que redondean la tipificidad de la raza. Si bien hay que mencionar que excepcionalmente algunos machos adultos suman dos o tres pitones adicionales en la comisura de las de las luchadoras, la cabeza estándar consta de seis puntas. Su apariencia original recuerda a la clásica lira, aunque la consanguinidad en ciertos ámbitos ha provocado que pierdan su quiebre característico y tiendan a alinearse. El color – de blanquecino a caoba – depende de la vegetación de su medio ambiente ocasional, ya que luego de la muda anual y al quitarse el retobo contra matorrales y árboles, se impregnan con sus resinas variopintas. Es así que en la costa bonaerense, donde predominan árboles con poca savia, las astas son generalmente de color claro, mientras que en las regiones donde abundan eucaliptus o pináceas, se colorean con lacas rojizas.
Estos cérvidos tan particulares fueron importados por el Dr. Aarón Anchorena a una de sus estancias enclavada en tierras uruguayas, cuyo casco donó en su momento al gobierno del país hermano para ser destinado a Residencia Presidencial. Allí se aclimataron reproduciéndose con tanto éxito que el precursor tomó la decisión de trasladar algunos ejemplares a la Isla Victoria, en el centro del neuquino lago Nahuel Huapí, y a otro de sus campos ubicado en la costa bonaerense, en las cercanías de Punta Indio, donde la reproducción fue asombrosa, al punto que en pocos años se dispersaron hacia el sur, colonizando la costa hasta las cercanías de Villa Gesell; no así en la Isla, donde el clima riguroso complicó su existencia. Seducidos por su hermosura, no pocos propietarios de establecimientos agropecuarios los incorporaron a sus predios con fines ornamentales, pero cuando su rápido auge desbordó parques y jardines, muchos decidieron impulsar la organización de cotos de caza como control selectivo y/o actividad comercial alternativa. Así, los cazadores podemos encontrarlos en Corrientes, Entre Ríos, Córdoba, La Pampa y San Luis. Los espacios más propicios para el rececho se encuentran en la mencionada costa atlántica, a favor de los interminables montes de tala y espinillo, y en las serranías del Tandil, Lobería, Sierra de los Padres, Sierra del Volcán, etc., donde roquedales, cuevas, cañadones y curros impenetrables les aseguran refugio ideal contra deportistas, furtivos, pumas y zorros, sus enemigos habituales. axis serrano
Luego de unos centenares de kilómetros de pavimento y decenas de ripio, por fin apareció la tranquera y el guardaganado que anunciaban el fin del largo viaje. El lugar elegido para mi lance no podía ser más cautivante: un umbroso túnel forestal me escoltó hasta la amplia casona más que centenaria, rodeada por un dilatado parque poblado de eucaliptus, robles, nogales y una variedad increíble de plantas florales. Cuando me detuve frente a la portada, fue inevitable dejar volar a la imaginación: ante esas paredes desfiló, seguramente, buena parte de nuestra épica nativa. Alertada por el ladrido de un par de cuscos apareció mi anfitriona, a quien había tenido el placer de conocer anteriormente. Afable y cordial, me franqueó la entrada a un ambiente donde se respiraba historia y buen gusto. Sobre las vetustas paredes pendían tapices europeos; junto a la chimenea cabezadas enviroladas en plata y oro; artesanales sillas repujadas en cuero que resistieron el paso del tiempo; insólitos frenos de boca utilizados para dominar mulas mañeras; cuadros de Marenco y aperos del inolvidable 3 de Hierro, regimiento de valientes si los hubo… En ese marco y con la hospitalidad de la inefable Carolina Viñales, desarrolla sus actividades el coto de caza The Axis Farm, un apéndice de la estancia Los Cerros, ubicada en el Partido de Lobería, distante unos 400 kilómetros de la Capital Federal. El campo, salpicado con cerros bajos y vegetación arbustiva donde predomina el curro, ofrece al visitante un panorama inenarrable de extensos valles coloreados de verde que se pierden en el horizonte. Uno de los detalles asombrosos para el viajero son los postes que sostienen a las alambradas, insólitamente esculpidos – hace más de un siglo – en piedra virgen extraída de las colinas donde aún se hallan rastros de antiguas canteras. Cientos de miles de horas – hombre necesitaron ignotos artesanos para tallarlos con martillo y cortafrío, alisando sus cantos y aristas con precisión milimétrica.
Durante la opípara cena, Carolina desplegó sus naturales dotes de convidante que prolongaron una velada preñada de anécdotas singulares. Por fin, no sin pesar, ocupé una de las múltiples habitaciones destinadas a los cazadores, cuartos centuriales de altura desusada y anchas paredes que aseguran un ambiente confortable durante los crudos inviernos y tórridos veranos. axis carolina
Con el reparador descanso, la mañana me pareció más límpida y brillante, propicia para el primer intento. Luego de revisar el rifle, la munición y limpiar los cristales del prismático, con el sol asomando sobre los cerros y acompañado por el guía, alcanzamos un reparo pedregoso ideal para la observación minuciosa de la extensa pradera y los interminables faldeos. La paciencia dio sus frutos: oculta por los altos herbazales descubrí a una numerosa manada que rumbeaba lentamente hacia las alturas luego de su incursión nocturna a los pastoreos. Costeaban uno de los ínfimos arroyos que se convierten en torrente cuando llueve, apareciendo y desapareciendo según la altura de la hierba en una larga fila india con mayoría de hembras, algunos machos jóvenes y el semental dominante mostrando el camino. Era un aspudo que a la distancia lucía interesante, pero el lance era incierto por varios motivos: en cuanto asomara de mi escondrijo quedaría expuesto; el trecho que nos separaba muy extenso y aún avanzando a paso veloz no los alcanzaría antes de que llegaran a los primeros fachinales, donde se escabullirían entre las matas. Me quedó acompañarlos con el anteojo evaluando a la cornamenta hasta perderlos de vista. No olvidaría esa cabeza… De pronto, posiblemente descubiertos desde otros horizontes, comenzaron a oírse gritos espaciados de cuadrillas lejanas: pintados que se comunicaban en su lengua cifrada. Es interesante para quienes lo desconozcan que el axis no entra en celo en épocas más o menos precisas como el dama-dama o el colorado: por el contrario, es frecuente encontrar animales con cornamentas en crecimiento y/o crías recientes en cualquier estación del año. Sin embargo, he confirmado que durante los meses veraniegos predominan las hembras alzadas, los machos excitados braman con frecuencia y la actividad es más intensa. Ese llamado no siempre se traduce como un reclamo sexual, se repite en situaciones de alarma ante intrusos o predadores. Mientras los ecos perrunos rebotaban en el ambiente comenzamos a movernos en busca de otras chances. Recorrimos llanuras y bordeamos roquedales acompañados por las últimas voces cerriles sin lograr avistarlos. El tanteo matutino llegaba a su fin, ya que con el sol trepando se llaman a silencio, abandonan los llanos y buscan sus dormideros en las alturas, donde transcurren las horas de canícula o frío intensos. Esclavos de sus costumbres, debíamos acompañar el receso hasta el atardecer, cuando nuevamente regresan por su alimento y aguada.
En la estancia nos esperaba Carolina, con quien comentamos las alternativas infructuosas y la promesa en ciernes del macho fugitivo… Hubo tiempo para recorrer nuevas dependencias donde pude admirar, en sus escudos, varias cornamentas de buen porte, algunas de animales abatidos por disparos defectuosos cuyas osamentas delatan las aves carroñeras, y otras frutos de recientes cacerías que esperaban por sus dueños. Todas presagiaban buenos resultados… Luego del almuerzo y con el calor de un febrero intenso, hubo tiempo para una larga siesta poblada de imágenes y promesas.
Me despertó el guía con la camioneta lista para acercarnos al coto. Repetimos la rutina de revisar detenidamente los alrededores antes de avanzar, y sin moros en la costa dejamos atrás el valle hasta costear el cerro. Entre breves etapas nos deteníamos para estudiar el terreno en busca no solo de machos sino de hembras, las guardianas que pueden alarmar al grupo y ponerlo en fuga. Las horas con posibilidades durante la tarde también son breves, porque hay que sorprenderlos antes que encuentren sus escondrijos, pero aunque hicimos bien los deberes y recorrimos todos los rincones posibles, no logramos ojearlos. Cuando comenzó a declinar la luz debimos aceptar la derrota. axis postes
Mientras recorríamos el camino del regreso, propuse para la jornada siguiente una estrategia que por conocida no es menos eficiente: llegar al cazadero antes del amanecer y esperar las primeras luces en las cercanías de los múltiples senderos que utilizan para sus desplazamientos, con la esperanza que la diosa fortuna nos guiara hasta la pasada correcta. No ignoraba que tendrían que alinearse varios factores: lograr avistarlos antes que ellos a nosotros; esquivar a las damiselas alborotadoras; alcanzar la distancia de tiro adecuada y que el macho – si aparece – coincida con el trofeo deseado. La experiencia del guía concordó con la mía: si bien pueden ser recechados caminando laderas, la cantidad de maleza y escondrijos hacen difícil – no imposible – regresar con el premio.
Madrugué, como habíamos convenido, y previo un rápido y frugal desayuno partimos hacia los cerros. Esta vez dejaríamos la camioneta lejos y seguiríamos a pie en el mayor silencio posible. En la oscuridad no era fácil la marcha: los pastizales escondían piedras y obstáculos, el rocío nos empapaba hasta las rodillas y había que preservar los visores del sereno, ya que suele ocurrir, en casos similares, que ante un avistamiento sorpresivo, los cristales salpicados con agua nos hagan perder instantes preciosos. Para no andar de porrazo en porrazo en la todavía noche, me pegué a la espalda del guía pisando cada uno de sus pasos. En el aire se oían sementales llamando a la pelea, disputando el harem o excitados por el estro de la manada. Por fin hallamos un apostadero que con el alba nos permitiría un amplio campo de mira: solo había que derrochar paciencia, un arma tan valiosa como el rifle. Transcurrieron eternos minutos hasta que una sombra furtiva se dibujó en la penumbra, muy cerca y apenas cubierta por los matorros. Tomé los Zeiss de 8X, los regulé y logré enfocarla: eran dos hembras que descendían lentamente, deteniéndose a cada bocado, levantando la cabeza y venteando. Estaban tan cerca que temí que lo hicieran, aunque la brisa era favorable. Por el momento, el refugio parecía adecuado. Mientras lentamente el sol iluminaba el ambiente, el lente recorría el campo que pronto nos regaló fotos naturales imborrables: zorros de cacería, liebres que abandonaban sus nidos y caranchos planeando en silencio en busca de su presa. Hasta que aparecieron las primeras imágenes interesantes: algunos machos jóvenes y varias hembras comenzaron a recortarse sobre el horizonte encendido. En lo alto, sigilosa, descendía el resto de la manada serpenteando rocas y setos en pos de los más audaces. Distancia, entre ciento cincuenta y doscientos metros: tirable. axis loberia 4 (1)
Pero mi guampudo no aparecía aunque generalmente los machos capitales encabezan la tropilla. Habría cambiado de manada? Fue desplazado por otro más fuerte? Las preguntas eran muchas y las respuestas pocas. Para colmo y despertar bronca, se desviaron de la ruta favorable alejándose hacia el arroyo. Cuando se agotaban las expectativas de esa primera prueba y echaba una última ojeada antes de mudarnos, sobre los tallos de una alta mata de hierba lejana advertí que un par de brotes se movían a contramano de la brisa. Regulé más fino y esperé pacientemente hasta que no tuve dudas: no eran los extremos del cogollo sino puntas de una cornamenta que se ocultaban y aparecían al ritmo del almuerzo. No veía el cuerpo, ni siquiera el resto de las guampas para estimarlas, pero los vértices estaban bastante separados: tenía que ser el que buscábamos. Después de años y con los ojos lagrimeando con tanto aumento, por fin asomó el cuerpo alejando las dudas: era mi amigo… Había llegado el momento de la verdad. Calculé unos doscientos metros, y si bien eran demasiados para mi tiro ideal, no podía acercarme uno más. Con el rifle regulado a ciento cincuenta, apuntaría un par de centímetros alto. Me quité el abrigo, hice una cama para el arma y apunté sin prisa al codillo. Cuando por un segundo quedó inmóvil jalé suavemente el gatillo y el disparo rebotó en mil ecos distantes. Mientras el aspudo desaparecía de la vista, surgieron desde el pajonal tres o cuatro ciervas que no había visto y que se esfumaron volando entre las piedras. Recargué sin desviar la puntería y esperé largos minutos. Estaba seguro de haberle acertado, ya que en caso contrario lo hubiera visto a la par de las que escaparon. Por fin nos decidimos y poco después, entre las pajas, vimos a las guampas inmóviles que nos llevaron hasta nuestro hermoso trofeo. La munición del .300, recargada con puntas Nosler soft point de 180 grains, hizo su trabajo abatiendo al animal instantáneamente y sin padecimientos innecesarios, aunque muchas veces los imponderables – viento, lluvia, poca visibilidad, etc. – no hace tan feliz el epílogo. Se trataba de un macho adulto, con gruesas rosetas, largos candiles y el cuero con numerosas cicatrices recuerdos de sus riñas. Un axis digno del coto.
Regresamos en busca de la camioneta y brazos fuertes para bajarlo, y poco después colgaba del aparejo listo para seleccionar los cortes de carne más sabrosos: varias cenas para compartir con los amigos. Misión cumplida. Si mi alegría era intensa, más fue la de Carolina, que disfruta del éxito de sus cazadores con la misma pasión que pone en el esfuerzo por mantener la oferta de una alternativa venatoria atrayente.
INFORMES:
Sra. CAROLINA VIÑALES
THE AXIS FARM LOBERIA
CEL: 011 15 4159 2692
CORREO: los alcanfores@hotmail.com