Jabali x Puma = 0

23 junio, 2016 Relatos de Caza

Es notorio que en épocas de hambruna el hirsuto jabalí se traslada grandes distancias para satisfacer sus necesidades de forraje y agua, un problema menor si consideramos que puede tranquear más de 25 kilómetros en una noche de merodeo. Sin embargo, tanto empeño y fatiga no asegura la cena, y en ese caso – consume de 4 a 5 kilos por día -, cualquier truco sirve para llenar la panza y salvar el pellejo, tanto un solitario semental endurecido por mil penurias y batallas, como la jabalina parida para alimentar a sus jabatos. Entonces, si bien es herbívoro, uno de los trofeos más apetecido por los cazadores deportivos no le hace asco a la carne. Es interesante saber que son relativamente pocas las bestias salvajes que mueren por hambre: los he visto restregar corteza de árboles o plantas rastreras; engullir barro; pumas y zorros que aún baleados insisten en asaltar gallineros, y perros cimarrones y gatos monteros cazar pájaros al vuelo… Por eso, cuando la azarosa búsqueda de hierba o tubérculos no da resultado, el olor a sangre caliente de alguna bestezuela indefensa o el husmo de un cadáver reciente, genera algún misterioso clic que activa neuronas y despierta instintos milenarios: matar o morir, según la dura ley del colmillo y la garra.
Cuando esto ocurre, ovejas o terneros se convierten en el manduque fácil para el debut o la reincidencia: un colmillazo fulmíneo asestado en el cuello alcanza la yugular con precisión quirúrgica, y en instantes disfruta de su destreza sin necesidad de desafiar rifles y canes invadiendo cosechas. Esta conducta que lo convierte en omnívoro, termina en una nueva e impensada oportunidad para la práctica del arcaico arte del acecho en las cercanías de aguajes o cebos cerealeros: los restos de sus fechorías pasan a ser un nuevo señuelo – cuasi natural – para avistar al ladino. Luego del feroz ataque a puro diente y jetazo, hiende en canal la barriga y devora los órganos más sanguíneos y nutritivos – corazón, hígado, etc. – hasta que, ahito, se retira en busca de agua y encame. Las sobras quedan como pasto de aves y pequeños carroñeros, aunque durante algunos días alcanza para todos… Aunque como otros predadores, jamás olvidan donde sacrificó a su víctima. Y nosotros tampoco. jabali x puma 8
Más allá de los detalles, la buena noticia es que esta conducta puntual abre las puertas de otra estrategia – que no es original – reemplazando al aguante cerca del agua, poco eficaz cuando llueve o ha llovido recientemente; o al grano, inútil en época de mies abundante al alcance del hocico… Y la mala, ya que la caza siempre depara sorpresas, sucede cuando se trata de un vagabundo en pos de su gavilla, que no vuelve y nos condena a largas noches al pedo.
Pero vayamos por partes. Ya que los cazadores residimos – generalmente – alejados de las regiones donde ocurren estas cuestiones monteras, necesitaremos rápida colaboración y alerta temprano del lugareño que detecta el desastre doméstico durante su recorrida diaria o el vuelo de las aves de rapiña. Son los partícipes necesarios para llegar antes que los despojos desaparezcan, y con ello la posibilidad del trueque: control de daños por placer venatorio. Esta función, que he criticado desde siempre porque a mi entender no es tarea para deportistas sino de profesionales, se justifica cuando se trata de camperos marginales que no tienen a su alcance colaboradores, armas ni tiempo. Pero antes hay que cerrar un tácito convenio: cuando descubren al animal sacrificado deben tomar algunas precauciones básicas que eviten el fracaso prematuro, entre otras evitar que se acerquen los canes y andar de a pié, ya que los rastros y olores pueden ahuyentar definitivamente al salvaje.
Por otro lado, en estos casos puntuales habrá que archivar transitoriamente algunas normas éticas, como la veda que nos imponemos al resignar el disparo sobre hembras o machos jóvenes. Obviamente, entonces, si él se convierte en ella, tendremos que tumbarla y consolarnos pensando en asados gordos…
Con esos límites y condiciones, si nos requieren y deseamos compensar los buenos momentos pasados, acudiremos presurosos para analizar huellas cuando son recientes, y planear la estrategia adecuada. En primer lugar examinar la escena del crimen de a caballo para obviar tufos alarmantes; descubrir el rumbo desde donde se acerca y por último la dirección predominante del viento, que condiciona la ubicación del apostadero. Si la cosa ocurrió en el interior del bosque, todo es más fácil: algunas varas firmemente amarradas entre el follaje de algún árbol ayudan a montar un precario asiento, respaldo y apoyo para el rifle que hagan pasables dos o tres noches expectantes. Si en cambio fue en campo abierto nos toca bailar con la más fea, porque la brisa, que debe darnos en la cara, depara interminables horas de olores hediondos que desde las alturas se atenúan. Pero el que quiere pescado que se moje el culo, de modo que con arbustos, pajonal o pasto alto reforzados con maleza de aspecto similar, conseguiremos el refugio perfecto para la dulce espera.
Pero hablemos de mi experiencia en esas circunstancias. Uno de los tantos amigos que me dan tranquera, sabedor de que cuando toca pito salgo al instante, me envió un mensaje desde las áridas tierras que señalan el comienzo de la Patagonia, en la provincia de Río Negro. Mi destino era un campo secundario, yermo y desolado, ubicado en un territorio donde se pueden recorrer muchas leguas sin hallar vestigios humanos, y el camino, luego de abandonar el pavimento, nada placentero. Pero allá me esperaba la mesa servida y como los boys scout – siempre listo – ya había recorrido mucho trecho cuando el sol asomó a mis espaldas. Tenía 900 kilómetros hasta la interminable estepa sureña, y por otra parte, como si los astros se alinearan a mi favor, la convocatoria llegó en tiempo y forma: estaba a cuatro noches de la luna llena, secuaz indispensable para mis planes. jabali x puma 10
Atrás quedó Bahía Blanca y más tarde – entre emparedados y gaseosa a bordo para llegar de día – la pequeña localidad pampeana La Adela. Muy cerca de allí empalmé la 205 provincial con rumbo sur-sur, en dirección a Gral. Conesa. Quedaban todavía casi 100 transitando el terroso camino que atraviesa la infinita planicie llamada Valle Leone, un erial que alguna vez fue lecho de mar, antes que Los Andes dividieran al Atlántico del Pacífico. Por esos parajes suelen hallarse conchillas marinas y hasta huesos de ballenas que lo prueba. Aunque faltaba poco para la entrada del otoño, los días aún largos me arrimarían a la estancia – si así podría llamarse – con luz suficiente para embocar la entrada escondida en el fachinal de la banquina. Con el promedio estable y sin más paradas que las imprescindibles para cargar combustible, estaba a salvo de pasar la noche durmiendo en el auto si la huella maltratada por la falta de mantenimiento, plagada de hoyos y guadales lo permitían… A pesar del avance a paso de tortuga los números cerraron y a poco el paisaje se tornó familiar: aunque fuere caminando llegaría a tiempo para el asado… Observando de soslayo el infinito túnel encajonado en monte bajo, pensaba en lo inverosímil que era, en pleno siglo XXI, hallar enormes extensiones de campo sin alambrar, tal vez porque las cercas son más valiosas que la tierra… Todo me sorprendía como la primera vez: salitrales infinitos destellando blancura bajo el sol poniente; sierras oscuras recortadas en el horizonte; liebres que cruzaban como saetas; guanacos vagando en uno de sus últimos refugios; ñandúes, un choique sobresaltado, perdices copetonas, y recortados en el azul, varios jotes de cabeza colorada oteando su botín desde lo alto. Duraznillo, matalaguna y piquillín entre decenas de extraños zarzales castigados por soles y heladas extremas, alzaban sus ramas sarmentosas como implorando el chaparrón. Semejante paisaje bravío, sufrido o admirado por muy pocos, pagaba con creces el largo y azaroso esfuerzo.
Relojeando el cuenta kilómetros que reemplazaba al inservible GPS, apareció el número mágico, y metros más adelante el difuso desvío que topaba con la tranquera. Respiré hondo antes del último escollo: desenredar innumerables alambres y estacas que reemplazan al candado, sin olvidarse de cerrarla, ya que por ley debe quedar como se encontró…
Con la raya del culo lista para reparación general, al fin divisé en el patio del rancho a mi viejo amigo, encargado de unas 10.000 hectáreas cuyo dueño aparece – cuando lo hace – una vez por año. Pocas vacas y algún centenar de cabras y ovejas subsisten escarbando hierba enana y costras vegetales a la espera de alguna lluvia que florezca en pasto. Quién compra esas tierras? Generalmente inversores citadinos que descubrieron que los números dan. Cuatro leguas sostienen 500 vacas de cría, que aún con mortandad de parición elevada debido a los cuatreros de cuatro patas, producen 400 terneros que al destete, que se venden a ganaderos con mejores pasturas. Cabritos, corderos y lana enjugan gastos, impuestos irrisorios , el sueldo del empleado y razonable renta para una inversión mínima que se paga a largo plazo, es en blanco y con valor en aumento. jabali x puma
Don Pareja, que entre risas siempre ocultó su nombre de pila, se quitó el sombrero dejando ver la nítida línea entre la piel morena curtida por mil soles y la blanca protegida por su infaltable sombrero. Luego apretó mi mano con la suya, áspera y rugosa por el duro trajín cotidiano, que transmitía calor y afecto. Aislado y sin más transporte que su pingo, depende del único vecino cercano – dos leguas – motorizado y solidario que le acerca desde el pueblo víveres y noticias. Con ansias de diálogo, un lujo en esos parajes donde impera la soledad, comenzó un minucioso relato de sus cuitas mientras un par de mulitas gordas se asaban en la parrilla. Descorché un malbec a temperatura ambiente excedida y le presté la oreja. Poco o nada había cambiado: larga sequía, como de costumbre; sus animalitos relativamente saludables aunque diezmados; el molino, que dos por tres se empaca; su patrón que no aparecía y en de
talle su última corajeada: a falta de un arma efectiva – su vetusto .32 corto no le haría ni cosquillas – había cazado a cuchillo una jabalina de casi 100 kilos hostigada por sus cuscos. Durante la trenzada con la bestia enfurecida, debió hacer piruetas en el aire para esquivar los colmillos que asoman cortos, filosos y letales. Por fin, concluyó, aprovechando una atropellada del bruto sobre la jauría le ganó el trasero, sujetó una pata alzándola violentamente y empujando con la rodilla logró acostarla. Con la ayuda de sus valientes prendidos de las orejas, hundió certero el facón detrás del codillo.
Habría charque para largo… Al compás de la charla, los exquisitos acorazados estuvieron a punto y listos para hincarles el diente, aunque entre bocado y bocado no cesaba de relatar historias reiteradas y alguna nueva y curiosa: desde varios meses atrás sus compañeros de desamparo aullaban exactamente a medianoche, y al levantarse para acallarlos, una luz blanca a ras del piso brillaba durante un tiempo en el poniente un tiempo. Luego, partía como un relámpago hacia el infinito. Se non e vero… Cuando quedó callado para recobrar aliento aproveché para abordar nuestro asunto… Y como si despertara de una pesadilla apuró el relato. Un viejo colmilludo con las pezuñas gastadas le había degollado no uno sino dos borregos, ensañado vaya uno a saber por qué atávico instinto montaraz que lo impulsó a matar más allá de sus necesidades. El primero – fuera del tajo – estaba entero, y el otro apenas consumido. Para acabar con el maligno habría que pensar, y entre el cansancio y el vino me atraía más el mullido catre tijera.
Me despertó el estridente chirrido del molino y la claridad mañanera entrando por el diminuto ventanuco donde se retrataba el agreste paisaje, un deleite que pronto extrañaría. El cielo cubierto de apretujadas nubes presagiaba tormenta para quien no conoce el desierto, donde casi indefectiblemente pasan a gran altura dejando a su paso lejanos retumbes y temibles rayos incendiarios. No tardé en acomodarme sobren un tocón en el centro de la cocina – comedor, donde mandaba el olor a tortas fritas. Allí estaba Pareja revolviendo lentamente la yerba del mate, antes del cachazudo chorrillo espumante. Luego de otro largo y amable coloquio salió presuroso en busca de los caballos.
Después de ensillar tomamos rumbo al matadero distante poco más de una legua, donde yacían los finados. Cuando estábamos al llegar, el hombre descubrió que algo no andaba bien, ya que nos encontramos con un solo animal muerto. Tuvimos que dar un buen rodeo para encontrar al otro – a unos 150 metros – que para su desagradable sorpresa había sido arrastrado por un puma. Echó el sombrero hacia atrás mientras pasaba el brazo por la frente sudada, mascullando maldiciones: ya no tenía un solo enemigo. jabali x puma 13
El rapaz había devorado solo las verijas, en un rito característico de los felinos, y antes de retirarse camuflado el cuerpo, una señal inequívoca de que regresaría por más… Las grandes garras estampadas en el suelo arenoso y el largo del tranco delataban a un solitario adulto. No sin algo de remordimiento sentí la codicia del cazador que presiente el botín. Obviamente, puse mis fichas al gato.
Con la suerte sonriendo tenía la oportunidad de un trofeo diferente, con merecida fama de adversario astuto. Ya lo demostraría. Y de los daños posibles para mi anfitrión fue el menor, ya que una hembra con cachorros hubiera matado 5 ó 10 animales adiestrando a los hijos en el arte de la caza: saltar sobre el lomo y degollar con un exacto zarpazo de la uña cazadora. Un entrenamiento que puede parecer cruel y sanguinario, pero es solo ley de la selva…
Tratando de disimular mi alegría surgieron los interrogantes: qué decían las pisadas? Desde que rumbo aparecía? Hay charcos cercanos? Vive en la zona? Esas y otras brotaban de la impaciencia mirando el bulto disimulado. El entusiasmo, sin embargo, no tardó en enfriarse, porque mi amigo ya tenía decidido el método que casi todos emplean en situaciones similares: estricnina mechada en la carne. No por conocerlo me resultaba menos odioso, pero sin aprobar ni disculpar el sistema, el contacto frecuente con esta gente me ha mostrado la otra cara de la moneda: no se trata de hacendados a quienes una vaca más o menos apenas mueve la aguja, son sufridos criadores de pequeñas majadas que al diezmarse rozan el número crítico del que no hay retorno: la reproducción no alcanza para compensar las pérdidas. También, ante el dilema de hierro – y con respeto – el nivel cultural de esa buena gente hace difícil argumentar razones conservacionistas, término que lamentablemente desconocen. Al cabo, y en un punto muerto, comprendí que no lo haría cambiar de parecer. De nada valió explicarle que el tóxico eliminaría a muchos animales que son su alimento y regocijo. Por fin, convincente, logré que me diera un par de noches para intentar por mi cuenta, y si fracasaba tendría vía libre…
Por curiosidad nos acercamos a los desechos que abandonó el colmilludo. Blancos vellones flotaban entre las zarzas y en los alrededores las pisadas de un semental longevo, según los pichicos que asomaban a media cuarta de las pezuñas. Peludos y zorros habían aguardado su turno para llevarse su parte. Por un instante, las perspectivas de un buen trofeo me trajeron dudas que se despejaron al toque: jabalíes se caza con cierta frecuencia, pero pumas…
En cambio, donde anduvo el felino no llegaron visitas, ahuyentadas por el temible husmo de la omnipotente fiera que como un alerta había meado las matas cercanas. Seguimos por un largo trecho su senda de llegada, coincidente con la de partida, en dirección a un roquedal donde seguramente tenía su guarida. En pleno páramo y con pocas opciones, opté por la mata más grande de rama negra que encontré a distancia prudente, y con ayuda del machete le arrimamos tallos, gajos y paja para engrosarla hasta formar un círculo que ocultara mi humanidad y los cachivaches. jabali x puma 14 Con la faena cumplida regresamos al rancho donde, entre preparativos, decidí utilizar el vehículo, ya que el caballo – aunque lo atara lejos, podría relinchar o meter bulla alejando definitivamente al amigo.
Y llegó la hora de la verdad. Por la tarde volanteaba entre huellones y pozos por la picada que me acercaba a mi paraíso, donde esperaba a los dioses y diosas paganos de la caza, San Uberto, Diana y Artemisa entre otros… Aunque en la última gasolinera había inflado los neumáticos con 40 libras para bajar el riesgo de pinchazos, recé hasta llegar el primer reparo aceptable donde ocultar el auto. Luego de bajar el equipo, lo cubrí con una oscura tela media sombra, disimulando así brillos y perfiles extraños. El sol aún estaba alto, pero no sería la primera vez que la presa se acerca de día…
Después de un par de viajes acarreando cosas, por fin me despatarré en la poltrona recibiendo la primera oleada del perfume que me acompañaría por algunas noches. Pero el entorno era más fuerte. A pesar de centenares de aguardos a lo largo de mi vida de cazador, la inmensidad despierta una fascinación incomparable, y como el mar, invita a lucubrar fantasías… ¿Cuántos puelches, ranqueles y mapuches – los pampas antiguos – habrán transitado esos lares arriando vacas maloneadas en la provincia de Buenos Aires? ¿Cuántos miles de guanacos – hoy cientos – vagaron por la vastedad? ¿Y qué de los pioneros que llegaron con sus carretas y bueyes luego de más de tres meses de travesía por territorios inexplorados? Un pájaro que no reconocí pasó rasante sobre mi cabeza recordándome que había que olvidarse de divagar y parar la oreja.
Junto al crepúsculo, la mancha lanuda se convirtió en obsesión. Con las primeras sombras, el disco anaranjado de la luna – que en las primeras horas poco ilumina – comenzó su periplo en el horizonte con rumbo al poniente. Mucho después, pasada la media noche y cuando el satélite estaba casi vertical sobre mi cabeza, ya mutado en blanco brillante, llegaron los peligrosos cabeceos: sonaba la alarma del reloj biológico. Decidí ayudarme con un buen jarro de café. Mientras destapaba el termo cubierto con la manta para evitar barullo, algo me dejó paralizado: la osamenta se movía… Tardé un año en dejar todo en el piso y alcanzar los prismáticos, regulado mil veces. Sin dudas, se sacudía suavemente. Con movimientos milimétricos apoyé el cañón en el vértice del bastón – apoyo telescópico, y la Leupold reprodujo la escena. Dos ojos brillantes reflejaban la luz apareciendo y ocultándose rítmicamente: el gran gato estaba echado sobre la panza, tironeando de los restos. jabali x puma 4 Cómo y de donde carajo salió sin el ruido de una pluma al caer, preguntárselo a Magoya… Pero allí estaba y comencé a sudar. El muy ladino apenas mostraba el filo del lomo, y por momentos la parte superior de la cabeza que se movía al compás del zarandeo. Esperé con la resignación de Job a que se mostrara, pero el bicho seguía comiendo acurrucado, hasta que después de más de media hora escuchando crujir huesos, impaciente, comencé a edificar mi cagada…Dando por sentado que cuando se saciara desaparecería sin darme tiempo para apuntar y disparar, decidí salir sigilosamente y buscar una posición que me permitiera ganarle el flanco. En cuatro patas me arrastré hasta la salida trasera y comencé a desplazarme. Necesitaba avanzar unos quince metros hasta alcanzar un ángulo apropiado, aunque sin pretensiones, ya que aún herido, el .300 no perdona: no iría muy lejos y con la ayuda de la jauría sería fácil rastrearlo. Adelantando a centímetros por minuto me adelanté los primeros hasta que llegó el desastre: un chillido gatuno, estridente y furioso, precedió la fuga. Alcancé a verlo, esbelto, saltando como un antílope. De pronto me sentí como un boludo en medio de la oscuridad, maldiciendo a solas con el diario del lunes.
Volví al refugio y a la luz de la linterna me quité algunas espinas jodidas mientras sorbía el café pendiente. Desde el cielo, algunas de las estrellas apenas visibles – eclipsadas por la luna – me enviaban guiños de consuelo. Buscaba respuesta al eterno: ¿porqué a mi? Tuve dos chances – jabalí y puma – que eran fija, y no supe aprovecharlas. El de las grandes garras, con semejante sobresalto, ya estaría en otra provincia y era al cuete volver a esperarlo.
Como mísero consuelo pensé en Pareja – que por un tiempo – se había librado del intruso, cosa que disimularía mi chambonada. Con el frío que trae el celaje esperé el amanecer encogido en la manta, dormitando de a ratos, abrumado por pesadillas que mostraban leones brincando en la oscuridad. Con las primeras luces llegué al rancho, donde entre mate y mate relaté mis cuitas, culpas y atenuantes, que no evitaron que anduviera con cara larga todo el día.
A pesar de todo, y entre otras cosas para que el viaje no resultara tan breve, construimos otra espera cerca de la comida del colmilludo, con la secreta esperanza de torcer la realidad. De cualquier forma me daría el gusto de estar cazando. Un par de noches oyendo ruidos extraños y vizcachas royendo huesos compensaron en parte la amargura. Hasta que llegó la hora de la despedida, no sin la promesa de volver, aunque sea para reiterar cagadas… Como siempre repito, algunas vienen llenas y otras vacías. Ah! La luz que vio don Pareja no apareció para nada…