Brama en la Punta

23 junio, 2016 Relatos de Caza

El tiempo de celo del ciervo colorado transcurre por única vez en el año entre los meses de marzo y abril, y el de 2015 fue todo un desafío para los cazadores, que por abrumadora mayoría lo han adoptado como el súmmum del deporte venatorio nativo. Tan larga espera demanda, obviamente, previsiones y preparativos que aseguren – con algún margen de error – el éxito de la aventura, entre ellos la reserva del coto de caza y/o campo habilitado. La veleidad de los casales para el apareo hace difícil acertar los días que coinciden con el inicio de los bramidos cavernosos – o atiplados – de los sementales, condicionando el intento: si no embocamos el período ideal, habrá cacería con rececho al voleo, todo un acertijo que incluye zambullirse en el monte hasta levantar un ciervo que, seguramente, pasará como una ráfaga alertado por el quilombo al andar entre ramas y hojarasca. En conclusión, solo en el breve y excluyente lapso de la berrea, el ancestral reclamo salvaje nos guía como un faro invisible. Aunque en ocasiones no parpadee…
La caza durante esta época fue, es y será reprobada por ciertos sectores por lo menos desinformados, un demérito muy lejano a la realidad y fácil de rebatir. La faena montera para el approach no comienza ni termina con el bramido, acercarse y apretar el gatillo, algo tan obvio que transformaría el arte cinegético en una burla violatoria de normas éticas centenarias. Por el contrario, implica desafiar a los fenomenales sentidos de oído, vista y olfato de las hembras, que en esa fase puntual se convierten en una verdadera muralla atravesada en el camino. Sin salvarla, es imposible aproximarse para valorar al trofeo y acortar distancias para el remate. Y no se trata de esquivar a una, sino a cinco, diez o veinte centinelas que cercan al señor, alertas y expectantes ante cada rumor o movimiento. Además, y entre otros percances, el viento en la cara – imprescindible requisito – puede jugarnos una mala pasada con solo un viraje inesperado; también la disparada de una vaca; el canto del pájaro voceando su alarma o el vuelo de una perdiz montera con su aletear bullanguero. Cada una de las doncellas será un reto distinto, y eludirlas la esencia del propósito. Y si luego de tanta constancia el destino quiere que las cuernas no coincidan con nuestro ideal – las más de las veces – habrá que bajar el arma con resignación franciscana y emprender el amargo regreso con esperanza de revancha, después de haber invertido, tal vez, una preciosa e irrecuperable jornada. Es cierto que en ese singular ciclo sexual las facultades innatas del semental están menguadas por la excitación, los frecuentes combates contra rivales con intensiones non sanctas y los interminables correteos olisqueando vaginas a la espera de la pasajera ovulación, fugaz momento en el que acceden al coito perpetuador de la especie. PerSAM_2740o aún obnubilados, de ninguna manera tienen disminuidos sus sentidos al punto de hacérnosla fácil: no son pocas las ocasiones en que un puto zarzal que cruje o un gajo seco que estalla despierta sus reflejos, silenciándolo durante horas. O días.
Decía que esta temporada se convirtió en un reto – por lo menos para los que optaron por la caza en el monte pampeano – debido a las cambiantes condiciones atmosféricas en las provincias con oferta deportiva: La Pampa, Río Negro, San Luis y Buenos Aires, entre otras. En efecto: el ya conocido cambio climático global originó altas temperaturas que se extendieron hasta comienzos de abril, que provocó el retraso de la libido y los clásicos mugidos que la anuncian. Es así que algunos cazaderos bendecidos por vientos más o menos constantes del sur, disfrutaron de amaneceres fríos y lloviznas pasajeras que despiertan el apetito carnal; el incomprensible grito de batalla; el afán por delimitar su territorio y el ancestral hábito de acorralar hembras y protegerlas de quienes reclaman su tajada. Otras regiones en cambio soportaron clima agobiante que producen efectos diametrales: los cerriles suelen optar por la sombra de los montes, donde aguardan en reposo el frescor de la noche.
Ante la inminencia de la convocatoria silvestre, como casi todos los devotos de Diana tuve que optar por mi destino, y la bolilla se detuvo en territorio cuyano, donde el colorado ha sentado sus reales desde hace muchas décadas a través de su lenta migración desde La Pampa. Si bien no era mi debut en cuyúm puúlli o tierra de arenisca según los mapuches – donde viví innumerables cacerías junto a mi inolvidable amigo Conde Federico Zichy Thyssen – desconocía las características del coto, más allá de las imágenes de su página web, desbordante de promesas que no siempre coinciden con la realidad o la suerte.
Durante el año de aguante hubo tiempo para acicalar y regular armas y lentes, bruñir cartuchos, revisar el vencimiento de los documentos, obtener licencias y autorizaciones, disponer el vestuario para frío o calor y mantener contacto con el cazadero a fin de chusmear la evolución de la cíclica calentura.
Y como todo llega, también llegó el ansiado día. Ruta 7 desde Buenos Aires hasta la ciudad de Mercedes, luego al sur algunas leguas y por fin, consultando de a ratos la hoja de ruta, hacia el oeste por un antiguo camino abierto en los arenales, atestado de interminables y profundos toboganes entre médanos cubiertos de olivillo, rezando para que no apareciera un vehículo de frente… Horas después y dejando atrás el portón de entrada de la estancia, respiré aliviado: había llegado culminando la travesía sin perderme entre tantos recovecos… Poco después, cuando me desviaba para darle paso, una chata que venía de frente se detuvo a mi lado: era Pablo, mi amigo virtual con el que habíamos cambiado numerosos correos. Un joven de mirada franca y sonrisa fácil con el que dialogamos largo rato bajo el sol tibio y brillante del mediodía. Poco después del ice breacker seguía su débil estela de polvo sobre el eterno sube y baja, hasta que tras la milésima duna apareció ante mis ojos un paisaje que si no era el paraíso se le parecía bastante. Una elegante cabaña de madera rústica y laca brillante acariciaba un extenso espejo de agua rodeado de juncos y plantas acuáticas, y flanqueándola, dos bungalows enquistados en un barranco se apoyaban sobre sus pilotes. En la ribera, un blanco muelle isleño invitaba a los amantes de la pesca, y a lo lejos, en la orilla opuesta, se extendía el verde mar que moría en el horizonte. Allí se escondían mis promesas…
Instalado en el cómodo y elegante albergue, tomé mi tiempo para deleitarme con la vista a través del inmenso ventanal: entre variados tonos de verde, las nutrias nadaban ganándole a su estela, los cisnes de cuello negro hacían rancho aparte de los blancos y los pájaros planeaban rasante a la pesca de los abundantes pejerreyes.
Luego de una ducha caliente, nos reunimos en el espacioso living-comedor del loft, donde disfrutamos del primer trago. La breve charla, para mi sorpresa, culminó con una invitación prematura para recorrer parte del cazadero. Aunque esperaba descanso y no ajetreo, en minutos estuve preparado, rifle en mano por las dudas, para abordar la 4×4 que nos llevó por senderos umbrosos a través de bosques en nada parecidos a la caldenada pampeana, donde se padece maleza intrincada y marcha fragorosa. El bosque de caldenes, algarrobos y pinchudos chañares mostraba, en cambio, amplios sectores despejados salpicados de matorros, ideales para cubrirse durante el rececho.
Pero aún faltaban miles de hectáreas por recorrer y muchas jornadas para patear. Por fin arribamos a una tranquera donde nos detuvimos a echar un vistazo. La quietud del entorno – apagado el traqueteo de gasolero y camino – me trajo un concierto de bramidos lejanos, música para el oído del montero. Increíblemente, aunque aún faltaba para el atardecer, la actividad de las bestias estaba en su apogeo. Al respecto acotemos que en los últimos años, ya sea por el clima, exceso de caza y disparos, furtivismo, trabajos agropecuarios o vaya uno a saber qué, la brama ha sido en general limitada, intermitente y casi siempre en la noche, hasta antes del amanecer: muy pocas tiempo para avistar y evaluar cuernas.
Ante semejante recital me olvidé del cansancio, y con la venia de Pablo metí los tres cartuchos en el almacén del .300 para entrar en calor con un primer round… Dos chillones se oían a corta distancia, y como había que decidirse, la intuición me inclinó por el que sonaba más ronco, no siempre garantía de vejez y buena cabeza. Mostrando que la sabe lunga en eso de guiar a jóvenes o veteranos, avanzamos a mi tranco lento – muy lento – hasta unos ciento cincuenta metros del alboroto. Desde allí, cada arbusto y cada árbol fueron mojones para abordarlo. Prismático en mano, consumí gran parte del tiempo rastrillando el área en busca de hembras que pudieran estropear la jugada, mientras los bufidos se potenciaban según el ciervo nos apuntaba de cabeza o de culo. Sin moros en la costa y evitando ramas traicioneras, desde un refugio de arbustos perfumados sorprendí a dos guardianas pastando, alzando la cabeza a cada bocado, escudriñando en todas direcciones y girando las orejas 180 grados en busca de ruidos extraños a su computadora. Las evitamos con un corto rodeo, aparecieron otras que sorteamos con paciencia y hubo tiempo para husmear luces y sombras: el cornudo estaba agitado y en algún momSAM_1282ento de sus correrías cruzaría por alguno de los limpios. Poco después se oyó chasquido de tallos rotos y al toque apareció su majestuosa silueta arriando a una díscola que pretendía fugarse. Aunque prácticamente la doblaba en tamaño, fue una decepción: el cuello delgado y la barba incipiente debajo del cogote revelaban su juventud, y las cuernas de diez puntas, armoniosas pero débiles, a un buen trofeo en dos o tres años. Disfruté largos minutos de su estampa bravía, el arduo trabajo de seducción, los saltos fallidos sobre las ancas y alguna atropellada contra un par de compadres que pretendían participar de la fiesta. Un placer que justifica largos viajes y ausencias.
Desandamos el camino en silencio: había mucho por delante, la cacería estaba en pañales y después de una jornada tan azarosa me quedaba poca nafta… Un buen wisky y la exquisita cena gourmet a cargo de Alejandro, el amable y diestro cocinero, consumieron el tiempo hasta la hora del descanso.
Amaneció con una densa neblina que encendió la alarma: no sería nada fácil la cosa… Sin embargo, apenas asomé las narices a la fría mañana se oyeron ecos desafiantes en lo profundo del monte, invisible bajo el manto de celaje: los aspudos también estarían en problemas para vernos… Luego de un opíparo desayuno, Pablo se armó con el bramador y el larga vista y arrancamos. Luego de recorrer un largo trecho cruzando médanos pelados, llegamos hasta un potrero montoso donde hicimos una parada. Rodeado de silencio, me cargué de adrenalina ante el grito de los bravucones amparados por la visibilidad casi nula: apenas 15 ó 20 metros. Para protegerlos del rocío que impregnaba el ambiente envolví la mira, protegí los prismáticos bajo la campera y optando por el más cercano, a uno por hora alcanzamos la zona peligrosa: el bramadero. Estábamos demasiado cerca y a pesar del viento en proa no debía olvidar que las guachas acechaban. Escudado tras el tronco de un venerable algarrobo traté de perforar la cerrazón, impenetrable pese a los 8X del Zeiss. A esa altura era imposible avanzar un paso más: estaban muy cerca y se advertían claramente los rumores de pezuñas y bufidos entrecortados. Pensé en el viejo proverbio: si la montaña no viene a Mahoma, él irá a la montaña. Esperaría lo necesario hasta que asomara o acortara distancias. Después de otra hora interminable y con el sol trepando sobre el paisaje, al despejar avizoré a varias ciervas comiendo: más temprano que tarde el macho se les acercaría. Y así fue. Súbitamente apareció su imagen imponente lanzando vahos y gritos que apuntaban al cielo. Era un trece o catorce puntas gruesas y armónicas que invitaban al disparo. Solo faltaba que me diera el codillo. En ese momento se oyó a un competidor cercano y por un instante se detuvo, estático y expectante mirando en su dirección. Estaba en el lugar exacto y en el momento apropiado. Pero cuando apoyé el rifle en la horqueta, el áspero bufido de una hembra provocó la estampida. Me quería matar… Estuve a segundos de apretar el gatillo y por mi culpa, ya que debí detectarla, se fue todo al carajo… Luego de la desbandada el monte enmudeció como por arte de magia, y maldiciendo por la mala suerte volví sobre mis pasos al encuentro de Pablo, que con ironía me recordó que estábamos cazando. Rumbo al vehículo por el camino más corto, recibí una sorpresa: un amplio sector junto al sendero estaba prácticamente arado con hozadas de jabalíes, grandes pisadas de un verraco adulto y altos rascaderos en los árboles que revelaban su enorme alzada. Nos prometimos una acechada en el invierno.
Algunos kilómetros y varios guardaganados más adelante llegamos al linde de un potrero con sorgo, un cebo irresistible para todos y para todas… La mañana radiante y la claridad óptima recuperaron el entusiasmo, sobre todo por los efectos del bramador de Pablo: un artefacto en forma de bocina plegable que amplifica el sonido, pero que de nada sirve si no se logra una imitación perfecta del cervuno. Lo sé por experiencia: en tantos años de cacerías pocas veces pude alcanzar resultados aceptables. En cambio, él lograba que fueran respondidos al instante, y hasta logró que uno – singularmente enojado – se acercara hasta muy cerca, tanto que pude examinarlo en detalle: era un viejo aspudo con cuernas atípicas de diez puntas, llamados horqueteros o descartes, que deben eliminarse para evitar la reproducción de hijos regresivos. Luego de la temporada habría que sacrificarlo.
Regresamos para el almuerzo-merienda con poco tiempo para el desquite vespertino. Un par de horas de resuello y nuevamente en la huella. Otros senderos, otros bosques y otros resultados: brama escasa y lejana. Tuvimos un par de oportunidades tentadoras, pero no el tiempo necesario para acomodarnos con el viento antes del anochecer. Sin despuntar el SAM_1249vicio, terminó otra jornada. Como premio consuelo, la brisa me trajo el estridente grito del ciervo axis, que en principio supuse de algún colorado travesti… Pero Pablo aclaró los tantos: era uno de los hermosos pintados que abundaban, entre otras especies. Una perla más para la corona.
Por la noche se desencadenó un temporal de lluvia – bastante raro en la región – que se extendió frustrando la salida, ya que con el aguacero los bichos se refugian bajo los montes, menguando sus correrías y bríos sexuales. Con excepciones. Por la tarde, cuando amainó, me invitó a visitar uno de los apostaderos para quienes gustan de la caza al aguardo.  Un largo periplo bordeando lagunas nos condujo hasta una loma culminada por el atalaya, un refugio en medio de charcos y montículos más o menos elevados, con poca vegetación arbustiva que permitía contemplar un vasto panorama. Al pié y unos 60 metros, se extendía una pequeña bahía barrosa y un par de bidones de plástico llenos de maíz, agujereados y estaqueados al suelo: los chanchos habían aprendido a sacudirlos para hacerse con los granos. Para mis adentros dudé del cebadero, ya que la comida natural, los sembrados y el agua abundantes eran dura competencia. Sin embrago, con las últimas luces Diana nos brindó un regalo inesperado. Mientras ojeaba las huellas y camas, mi amigo me codeó suavemente: dos ciervas bajaban por el faldeo. Poco después se agregaron otras dos y todas comenzaron a revolcarse, cubriéndose con una coraza de fango contra las liendres. Era muy posible que el macho se hallara cerca y por suerte no faltó a la cita. Majestuoso, mirando a sus esclavas desde lo alto, asomó silencioso. Quedó un tiempo atisbando los alrededores hasta que apareció un cervato de cuatro candiles bramando en la cresta de una colina cercana. No tardó nada en enfrentarlo, y como no presentó pelea regresó a su gavilla. Parecía increíble tenerlo a esa distancia. Era un joven padrillo de trece puntas de indudable pureza genética y gran porvenir: por el momento seguiría con vida. Con leves topetazos en las grupas comenzaron los retozos en busca de sexo, pero las hembras no estaban dispuestas, lo rechazaban y se alejaban corriendo. Fue un show inesperado e inolvidable. Podría intentar un largo rececho nocturno con la promesa de algún colmilludo, pero el deber llamaba y había que madrugar para respetar las prioridades…
Llegó otro amanecer, otra tentativa con la impaciencia en aumento y niebla cerrada: pronóstico de borcegos y pantalones empapados… Aunque hasta ese momento la excitación de los sementales parecía insuperable, luego de la lluvia se multiplicó reflejada en sonidos que llegaban desde los cuatro vientos. El tema era elegir la tirada. Si bien hasta el presente habíamos fracasado, estaba disfrutando de una de las temporadas de colorado más excitantes de mi vida y no la desaprovecharía: solo faltaba una cuota de suerte… Dejamos oculta la camioneta – ¡qué hubiera hecho sin ella! – y me concentré en un chillón que me hizo sentir el aliento en la nuca… Tenía problemas con un vecino, ya que roncaban casi al unísono, retándose en medio de corridas y arbustos despedazados por las cornadas. Como logré sorprender a tiempo a las hembras agrupadas en la costa del monte, era obvio que al desplazarse en busca del otro sería más vulnerable… Pero la buena duró poco: de pronto ambos callaron y nuevamente nos hundimos en la desesperanza. Aún en la cerrazón veían mejor que nosotros…
Sin dejar de lado el entusiasmo, nos desplazamos por enésima vez y anclamos en otro sector igualmente atractivo. Desde el fondo de una caldenada espaciosa nos llegaron los bramidos de un par de machos haciendo dueto: uno se quejaba con un ronquido corto y áspero y el otro contestaba con carraspeos agudos y prolongados. Si seguían toreándose podríamos acercarnos… Llegamos hasta unos 200 metros y cuando eché rodilla a tierra se clavaron mil putas rosetas en mi pierna: por un olvido imperdonable dejé las rodilleras en la cabaña. IMG_1473
Como perforar las nubes bajas era imposible, decidí esperar a que el sol las disipara… Aproveché el tiempo para quitarme las diminutas pinchudas y planear la estrategia, hasta que escampó lo suficiente y gateamos hasta la zona en que cualquier error se paga caro. Me juré que aunque demorara todo el día mediría cada paso o movimiento como si fuera el último… Pablo quedó nuevamente a retaguardia y yo avancé de mata en mata hasta que por fin oí las corridas. Tuve que desempañar varias veces los lentes hasta que pesqué a la primera cierva. Comprobé el viento arrojando un puñado de arena al aire – perfecto – y volví a revisar: había cuatro o cinco más y estaban agrupadas, lo que me daba ventaja. Mientras tanto, los dos contrincantes seguían vociferando y entrechocando las cuernas con sonidos metálicos. Busqué hasta que me lloraron los ojos por si había alguna otra oculta, y cuando estuve seguro me concentré en descubrir a los machos, uno por lo menos, ya que tarde o temprano el amo debía regresar al harem. Súbitamente, desde la espesura apareció como un fantasma. Traía colgajos de ramas enredados entre las varas, que no ocultaban a un buen trofeo: 14 candiles gruesos y armónicos, la corona de 4 y las luchadoras largas y robustas. Con semejante brama había tiempo suficiente para intentar – tal vez – otro mejor, pero los días pasaban, las piernas cada vez eran más pesadas y al fin pensé que más vale pájaro en mano que cien volando. Le apunté casi de frente, al pecho y esperé a que alzara la cabeza para echar su último alarido. Disparé y cayó a tierra, inmóvil. Por hábito, dejé pasar un buen tiempo hasta acercarme, cuando de la nada apareció Pablo, tan feliz como si en realidad fuera su trofeo. Como estaba un poco de lado, el tiro había entrado por la punta de la paleta y el orificio de salida en la panza: letal.
Llegó uno de los momentos más reconfortantes de la cazada: admirar largamente al adversario caído y la belleza del trofeo que atesoramos para siempre. Luego de una larga sesión de fotos desprendimos la cabeza y tomamos la senda que nos llevaría a casa. A través de la ventanilla, desfilaba velozmente el marco verde de un reducto salvaje extraordinario, donde el cuidado de los ciervos está por sobre el legítimo lucro, respetando el manejo sustentable. Por otra parte, había conocido a un tipazo y el comienzo de una amistad que imaginaba fecunda. Como para un pronto regreso…