Bufalo: Un Gigante Negro

22 julio, 2016 Relatos de Caza

Wilbur Smith, autor de una larga serie de best sellers acerca de la vida africana en tiempos de exploradores y marfileros, creó como personaje central de sus obras a Sean Courtney, aventurero cuyo compañero de cacerías y guerras era Mbejane, un nativo zulú que lo saludaba al grito de .- Te veo Nkosi! , como lo hacían sus ancestros frente al hombre con corazón de león. Al llegar a la estancia y parodiando al célebre escritor, así saludé a mi amigo Pablo Andreani, administrador del cazadero al que regresaba para cumplir una promesa: meses atrás, culminando la temporada de brama del ciervo colorado, habíamos pactado algunas noches de acecho a los jabalíes.
Aquella aventura en busca de uno de los astados más preciados – logramos una magnífica cornamenta – transcurrió enmarcada por miles de caldenes y algarrobos que salpican las arenosas praderas del territorio puntano, epicentro de un emprendimiento cinegético cuyas posibilidades no llegaron por arte de magia, sino por la confluencia de factores no siempre ponderados por los responsables del manejo de la fauna silvestre: tranquilidad extrema, incorporación de nuevas corrientes de sangre, buena alimentación, abates controlados y fundamentalmente equilibrio en la relación hembras – sementales, algunos de los ítem que pontificó Franz Vogt en su célebre libro “El Ciervo Rojo”. El problema es que cuando son excesivas, los machos renuncian al milenario hábito de disputarlas, ya que con fiesta para todos, decae el espíritu combativo y menguan sus broncos reclamos sensuales; y si en cambio son escasas, las trifulcas por conquistarlas mantienen ocupados a los galanes, que en lugar aprovechar su breve ovulación para el coito, lo malgastan entrechocando guampas hasta que el fugaz celo concluye, no hay fecundación y se pierde la camada. bufalo Pablo El ideal entonces, es determinar con la mayor certeza posible cuántas deben coexistir para sostener las arcaicas costumbres basadas en disputa y sometimiento por los más fuertes, única forma natural de transmitir las características genéticas originales de la raza.
Fue promediando aquella cacería y durante uno de los numerosos approach tras los guampudos, que descubrí un claro del monte revuelto por hozadas y enormes rastros de jabalíes que prometían buenos trofeos. La tentación fue irresistible y me hizo postergar por algunos días el rececho cervuno, a fin de aguardar colmilludos desde alguno de los numerosos atalayas. La primera incursión, aunque frustrada, nos mantuvo en vilo hasta cerca del alba, embelesados por la cercanía visual de ciervos y chanchos inmaduros para trofeos. Con el primer intento malogrado y la mente puesta en una cama, desandamos el largo camino. Dormí como un lirón hasta pasado el medio día, y al levantarme surgió uno de los frecuentes imponderables: el tiempo se descompuso y el cielo azul desapareció tras un manto de nubes: sin luna la noche estaba perdida.
Durante el resto del día recorrimos el campo en busca de rastros, conocer tranqueras y sorprender algún bicho despistado. Tampoco hubo suerte y las últimas luces nos hallaron en el acogedor loft, listos para disfrutar de una de las imponderables comidas elaboradas por Alejandro, el cocinero oficial, y una larga sobremesa que derivó en pretendidos ensayos filosóficos acerca de nuestro arte venatorio, recordando entre otras, las palabras de James Prosek, que sentenció con acierto que: “el cazador satisface el impulso latente en lo profundo de su naturaleza evolutiva, como un nexo con nuestro lado paleolítico”. Ensayando pretendidas doctrinas y cuando ya se veía el fondo del exquisito Malbec, llegó la ansiada hora del utilizar la cabaña, donde me desmayé hasta el amanecer.
La siguiente jornada me sorprendió con un magnífico espectáculo: a través del amplio ventanal del living, un inmaculado manto helado recordaba a las neviscas sureñas. La escarcha cubría las dunas y daba un extraño tinte grisáceo a las tranquilas aguas del lago detenido en el tiempo. Ya frente al fuego del hogar y café mediante, escuchaba a Pablo planeando la siguiente movida, detallando la posición de los atalayas, eligiendo los más convenientes según el viento reinante y sopesando las ilusiones, ya que los numerosos ojos de agua compiten con las esperas cebadas con grano. Pero lo importante era estar cazando, compartir, comer buenos asados y contar mentiras… A la espera del atardecer, las horas transcurrieron disfrutando del espectáculo que regalaba el poderoso telescopio acercando a grupo de ciervas que vagaban más allá del límite del bosque, donde comienza la llanura. A la hora señalada, cargamos los bártulos y ropa como para un viaje al polo y partimos con la mochila llena de esperanzas.
El apostadero escogido, construido en la cresta de una loma pelada, brindaba un extenso y despejado horizonte hasta bastante más de 100 metros, mientras que a 50, el barrizal invitaba a las piaras a despiojarse. Comenzó el aguante, desapareció el sol incendiando el poniente y apareció Selene, que aún en cuarto creciente iluminaba con luz clara y brillante. Arreció el frío y a pesar que parecíamos cebollas con tantas capas de pilchas, estábamos entumecidos. Rompiendo la monotonía que pesaba en los parpados, a media noche dos jabalinas y una decena de jabatos se perfilaron en la penumbra, husmearon largamente con sus afiladas jetas alzadas, cesaron los movimientos nerviosos y por fin se entregaron a su rutina: enlodarse entre gruñidos y corridas de los pequeños. Porqué se bañaban con tanto frío, habría que preguntar a los marranos… El resto del intento transcurrió entre café y galleta, sin moros en la costa más allá de varios peludos oliendo el señuelo. Como el placer se convertía en suplicio y los años no vienen solos, a las dos de la madrugada decidí tocar retirada.
Al otro día surgió un envite impensado: cambiar el rifle por la caña. Mi anfitrión, fana de la pesca, había dispuesto lo necesario para un tirito a los pejerreyes… A bordo de un cómodo bote zarpamos desde el muelle remando hasta ocupar el centro de la laguna. Desplegando toda mi ignorancia como pescador, de la mano de Pablo y con el equipo que me cedió, comenzó la sesión de fly cast, única técnica que – junto a la devolución mayoritaria – deben aceptar los deportistas del sedal. No fue fácil lanzar el señuelo con el movimiento adecuado de la muñeca y la caña, pero luego de un curso acelerado logré alcanzar una distancia razonable. La emoción llegó pocos minutos después, cuando se produjo un borbollón, la caña encorvó y luego de una lenta recogida encesté un pejerrey en el copo. Era una enorme flecha plateada que bien pesada superó los 800 gramos!!! Pasaron las horas y se sucedieron los piques hasta que la cuenta llegó a un par de decenas, todas regresadas a su medio excepto las cuatro más robustas para la olla.IMG_1473
Comimos, reposamos y cuando caía el sol reincidimos en el mismo mirador, pensando que los olores de la cuadrilla que nos visitó serían un buen aliciente. Con la luna trepando corrieron las horas hasta que nuestra aliada comenzó a recostarse en el oeste y la visibilidad decaía. Fue cuando dimos un respingo: serpenteando olivillos que brillaban bañados por el relente, en el filo de la colina apareció la negra silueta de un enorme verraco que se detuvo en la cresta, apuntando la trompa a los cuatro vientos. Dejé el prismático y lo puse en la Leupold 6X. Estaba demasiado lejos y la oscuridad no ayudaba, pero confié en que el cereal sería irresistible. Todavía lo lamento. Indeciso, comenzó a descender algunos metros y luego, tan silencioso como llegó desapareció detrás de la loma. Seguí apuntando esperando que regresara, pero algo lo hizo recelar, posiblemente la casilla asentada a nivel de sus ojos. Sin poder olvidar el perfil de la bestia, me consolaba pensando que evité arriesgar un impacto defectuoso, aunque un duendecillo me susurraba que faltó lo que hay que tener… La cuestión es que el marrano se tomó el buque y nosotros, decididamente cagados de frío, lo imitamos con rumbo al rancho. Como no quise quedarme con la intriga, por la mañana volví para ver las huellas: eran de un macho enorme que al bajar la cuesta dejó la marca de los pichicos – dedos atrofiados que asoman a unos centímetros sobre las pezuñas – que se marcan cuando son pesados y adultos. Sus navajas debieron ser descomunales… Entonces no sabía que fue mi última chance, porque regresó el mal clima y las neblinas, decretando el fin del acecho, pero no la renuncia a otro intento en un futuro próximo…
Y allí estaba luego del largo viaje para el desafío, dispuesto a doblarle el brazo a la suerte en busca de aquel jabalí matrero que me superó en astucia. Pero como el nuevo lance no es el motivo de este relato, seré breve. Entre noches nubladas y bruma abundante, los días pasaron sin calentar el rifle: estaba escrito que nunca nos enfrentaríamos.
Mientras despotricaba por la yeta, resignado y dispuesto a pegar la vuelta, Pablo sacó un as de la manga: me invitó a recechar búfalos, abundantes en otras áreas de la dilatada estancia. La propuesta era más que atractiva, pero mis experiencias con el gigantesco moro oponían algunos reparos. Los lectores de V.S. habrán leído mis comentarios sobre el búfalo de aguas y su conducta, que puede plantear un verdadero lance deportivo o una vulgar matanza. Para los desinformados, sintetizaré diciendo que suele superar los 1000 kilogramos y fue importado de la India, donde se lo domestica desde hace siglos como animal de carga y monta para tareas rurales. Algunos de los descendientes llegados a nuestras tierras, más precisamente a la provincia de Corrientes, obviamente eran dóciles y eficaces para la explotación ganadera. En un medio favorable, con humedales, ríos y lagunas, su rápido desarrollo despertó la emulación de nuevos hacendados que los impusieron en otros territorios, en contacto con animales domésticos, arrieros y vehículos que preservaron su docilidad y facilitaron su manejo cotidiano. Otros en cambio se radicaron en hábitats monteros o praderas con manchas boscosas, donde recobraron su natural carácter bravío, el atávico instinto para emboscar, sus sentidos atrofiados y el carácter indómito.  EIMG_2685n esas condiciones, no le va en zaga al cafre del continente Negro, – de menor talla que nuestro bubalis – pero tristemente famoso por sus frecuentes cargas que cobraron muchas vidas de cazadores y nativos. En Entre Ríos, por ejemplo, algunas estancias con muchas hectáreas de monte albergan búfalos que suelen embestir camionetas y personas. En cambio, durante mis experiencias africanas tuve la oportunidad de fotografiar, en medio de las sabanas, a manadas habituadas a los Land Rovers de los turistas que miraban desde corta distancia con sus estúpidos ojos vacunos. Esto pinta y prueba que el comportamiento no es estándar, y que en definitiva en todas partes se cuecen habas. Solo el cazador decide su postura.
Entusiasmado ante la nueva oportunidad caída del cielo, aproveché las últimas horas de la tarde para, entre trago y trago, plantear el espinoso asunto. Pablo, que no es precisamente un improvisado ya que residió muchos años en la frontera entre Canadá y E.E.U.U. y tuvo muchos encuentros cercanos con osos y caribúes, compartió mis reparos sin omitir que el aislamiento de los búfalos del coto, la falta de actividad agropecuaria, cero acoso por perros y hombres y grandes llanuras para detectar intrusos desde lejos, aseguraban la deportividad del lance. Satisfecho, solo quedaba pensar en el arma. Ciertamente, la única a mi alcance era mi vetusto Remington .300 con puntas de 180 grains – ni siquiera de 220 – la que con amabilidad fue cuestionada: traducido, él pensaba que no servía para un carajo… Y la verdad era que no le faltaba razón, porque desde mi primera experiencia en los pantanos paraguayos – hace varios siglos – comprobé que si bien el.300 es poco, algunos más potentes también lo son si no se acierta en la zona adecuada. Recuerdo que en tierras guaraníes utilicé un .458 prestado, con culata demasiado larga para mis brazos, que me trajo no pocos problemas para apuntar, teniendo en cuenta que el trofeo elegido se hallaba a 300 metros y en el centro de un pantano imposible sin enterrarse en el barro; y por último, los más de 400 grains a esa distancia bajarían una milla… Con ese panorama y para terminar, confieso que le disparé 6 veces y le acerté 3 en cualquier parte, y además me quedé sin cartuchos, ya que eran los últimos que tenía el dueño del cañonazo. Pero se cobró caro el sufrimiento, porque antes de morir y cuando nos acercamos, con el último suspiro se irgió y de un cabezazo – no una cornada – mató al caballo del guía… Como es fácil comprender, si bien los impactos fueron defectuosos, se aguantó varios garrotazos de semejante calibre y tuvo resto para tomarse desquite antes de morir. Ya que no pensaba adquirir semejante calibre solo para algún lance esporádico, insistí con el mío aunque justo es decirlo, los siguientes abates exigieron más de un disparo. Para intentar mejorar la performance decidí probar apuntando al cuello, detrás de la oreja, donde casi seguro la bala atraviesa la columna. En dos oportunidades fueron certeros y efectivos y hubo derribo instantáneo, pero como esa alternativa no era la mejor para Pablo, me ofreció su .375 magnum, que lamentablemente tenía el mismo problema: la culata larga no me permitía alcanzar la distancia correcta del ojo al visor. Solo quedaba mi “little cannon” como lo llaman en la Winchester, y la pericia del outffiter para acercarse.
Al día siguiente, a bordo de la 4×4 iniciamos el largo recorrido hasta los peladeros… Luego de atravesar interminables bosques despejados, arribamos a un paraje atestado de dunas más o menos altas. Recorrimos alambradas con postes volteados por los empellones de los mastodontes, subimos y bajamos mil toboganes, hasta que por fin apareció una pequeña tropilla en el lejano horizonte. Con la primera ojeada la desechamos: los cuernos de los machos no eran gran cosa, aunque el oteo sirvió para analizar su comportamiento. Adrede, quedamos expuestos para que nos descubrieran. Uno de ellos alzó la cabeza tomando el viento y los otros lo imitaron siguiendo el pastoreo sin dejar de vigilar a cada bocado, actitud habitual cuando son salvajes: al aparecer un intruso marcan su territorio, mantienen la distancia y vigilan. Si la amenaza los altera se produce la estampida o atropellan – en la arrancada superan los 50 k/m por hora – en cuyo caso agarrate Catalina… Insistimos durante casi todo el día pero sin resultados. Llegó el fin del round. SAM_1243
Famélicos, dimos cuenta de un asado y terminamos el día recordando aventuras de Pablo, sus experiencia en la tundra ártica, los encuentros fortuitos con osos negros y las técnicas gesticulares ante un eventual encuentro cercano: evitar mirarlos a los ojos, no intentar correr, hablarles con palabras suaves hasta que la bestia ceje su agresividad, y por fin retroceder lentamente sin darle la espalda. ¡No tener su edad para intentarlo…!
A la mañana siguiente y con una helada que calaba hasta los huesos, otra vez el sol en el horizonte nos sorprendió a campo traviesa, esquivando arenas flojas y revisando horizontes sin resultados, si bien el guía no se daba por vencido: sabía que andaban varios machos con buenas defensas y no podía habérselos tragado la tierra. Valía la pena seguir rastrillando. Un alto en el camino nos permitió engañar al estómago bajo el ponchito de los pobres y descansar la vista harta de anteojos. Continuamos explorando hasta que al caer la tarde mi compañero se apeó para reconocer el terreno desde las lomas cercanas, dejándome sobre el techo de la chata para economizar mi escaso combustible… Poco después llegó con la cara iluminada: en una de las hondonadas y a 800 metros estaba el toro que buscaba, capitaneando unas diez hembras y terneros. Junto con la buena noticia llegó la mala: el cercano crepúsculo no daba tiempo para el rodeo que exigía el viento adverso. No había otra que postergarlo, aún con el riesgo de que cambiaran de querencia, improbable ya que son bastante territoriales.
Pasé la noche sobresaltado, con sueños poblados de brutos perdiéndose en la bruma…
La siguiente ronda comenzó con ánimo renovado y el alba asomando sobre los árboles. Desandamos el camino hasta el área bendecida, y con extrema precaución, la brisa de frente y el transporte oculto, comenzamos de cero. Ajustados los guantes y con un par de improvisadas rodilleras para protegerme de las putas rosetas, vagamos la llanura ondulada. Por último me dejó apostado sobre una rastrillada reciente y volvió a alejarse trepando dunas hasta desaparecer. Luego de una eternidad, lo vi haciendo señas para que me acercara. Desde donde estaba y al pié de un barranco, se veían claramente a los brutos apuntando sus culos al viento. Afiné los lentes y confirmé que había tres machos, uno de ellos, el más aspudo, fácilmente identificable: tenía el lomo cubierto de barro seco que le daba un tinte rojizo, y sus grandes pitones sobresalían del resto. Estaban a 500 metros según el telémetro de mi compañero y para tirar necesitaba acercarme 300. A favor: el viento en la cara. Marqué cada uno de los matorros y montecillos que servirían de mojones, y sabiendo que era el lance definitivo me largué sin apurar el tranco, a uno por hora, dosificando energías: solo me preocupaba llegar y no arruinarlo. Una a una las matas quedaron atrás y por fin me senté a tomar aliento: entre el cansancio y la adrenalina estaba palmado. Cuando no hubo más protección natural para seguir avanzando llegó la hora de la verdad y con ella la duda: frente o cogote? Elegí el último… SAM_2713
Recobrado, apoyé el rifle en una rama enclenque y dejé que las siluetas desfilaran hasta que identifiqué al barroso, espantando moscas con las orejas y el rabo. Corrí el retículo unos centímetros, busqué el comienzo del cogote y pum… Se desplomó como si le hubiera caído un rayo. Eufórico, recargué y desde lejos le hice señas a Pablo apuntando el pulgar hacia arriba, una manera de decir “te lo dije?” Volví la vista hacia el caído y la manada que desaparecía entre en el tobogán arenoso, justo en el momento en que el muerto se levanta y sale como los bomberos. Atónito, mientras buscaba una explicación, llegó mi compañero trotando… Qué pasó? No lo sé pero supuse que el impacto lo había shockeado, o alguna esquirla le rozó la espina: nada letal.
Afortunadamente, lejos de reproches por la cagada, recibí consuelo. Dejamos pasar más de una hora esperando que se tranquilizaran y nuevamente a bordo comenzó un largo rodeo hacia una pequeña laguna escondida donde solían abrevar. Mostrando una vez más la importancia del baquiano, llegamos hasta donde la prudencia indicaba que había que comenzar a patear. Me oculté en la primera loma por si salían desde retaguardia, y dejé que Pablo partiera para otear otras. Cuando apareció traía buenas nuevas: los había ubicado. Lo acompañé hasta el vichadero, y oculto parcialmente por los olivillos ubiqué a la presa imaginando que agonizaba, pero el muy turro no cesaba de olisquear el culo de las hembras, intacto más allá de un hilo de sangre que resbalaba por el cuello. Ya no tenía dudas que el próximo tiro sería a la cabeza y de frente o Pablo me cortaba las bolas, ya que por mi culpa la bestia podría haber encarado con pronóstico reservado… El lance ahora era más fácil, con solo orillar la loma los tendría a 100 metros, mi distancia… Listo para concluir la faena, encontré el sitio apropiado y esperé pacientemente a que me diera el hocico y se quedara quieto por un segundo, ya que por momentos se confundía entre sus pares: lo único que faltaba era que le diera a otro… Luego de muchas lágrimas guiñando el ojo, por fin me apuntó como si me viera, lo reconocí por enésima vez y disparé. Dobló definitivamente las cuatro patas.
Desaparecimos en el pasto temiendo que nos vieran, pero se esfumaron en sentido contrario. Quince minutos rogando que no tuviera siete vidas y nos aproximamos no sin antes arrojarle algunos terrones y pincharlo con el caño. Era un animal de más de una tonelada, con fuerte cornamenta cuarteada por los topetazos de mil peleas. El tiro, para redimirme, estaba exactamente entre los ojos, unos centímetros alto. Frente a un trofeo en toda la línea llegó el momento de los abrazos, aunque el mérito era por lo menos compartido, sin su pericia y caminatas, el rececho no hubiera sido posible. Santifiqué al jabalí que faltó a la cita y llegó el momento más duro: enderezarlo para las fotos. Mostrando nuevamente su baquía, con sogas, maña, fuerza y camioneta, quedó en posición. Quitar la cabeza que pesaba largos 100 kilos, cortar el cuero del cogote de una pulgada de grosor y despanzarlo nos llevó más de una hora de arduo trabajo. Quedaba otra no menos trabajoso para el personal encargado del desposte.
Atrás quedaron las imágenes de una aventura inolvidable e inesperada, y la promesa de un pronto regreso, ya que tenía una cuenta pendiente…