Colorado de Invierno

22 julio, 2016 Relatos de Caza

Corría el mes de junio de 2015 y agonizaba la temporada de caza del ciervo colorado. El último tren aguardaba a los rezagados, pero en otro marco: sin brama y con el invierno encima.
Si bien en los recientes días de abril y con berrea desacostumbrada había logrado un buen trofeo, una coyuntura ocasional amenazaba convertirme en reincidente. En el coto donde la amistad me permite algunos lances más o menos frecuentes, se aprestaban al diezmo anual de ciervos – mal llamado descarte – con el fin de seleccionar a los que deben ser abatidos, y Carlos, mi tocayo, me convidaba para juntarnos, comer asados y compartir la experiencia. Y como frutilla del postre, podría agenciarme de alguno de los sentenciados que me llenara el ojo.
Pero vayamos por un momento a los motivos para consumar esa faena aparentemente odiosa, que en realidad es un seguro inexcusable para mantener a la raza dentro de sus parámetros o estándares ancestrales, evitando la contaminación que deriva en indeseables mutaciones somáticas, pérdida de masa cárnea y cornamentas atípicas. Y otro no menos importante: el desborde poblacional que colisiona con la capacidad alimentaria del hábitat, responsable de un doble estrago ecológico: desertificación del suelo e inevitable extinción del nicho biológico. La hecatombe genética que azotó a nuestro ciervo colorado durante el largo siglo transcurrido desde su implante en nuestro territorio, se debió en parte a la inobservancia de esas medidas, ya sea por ignorancia, autoridades incompetentes o pobladores que creyeron que el elaphus era una plaga. Son los mismos que hoy los protegen a ultranza motivados por el valor agregado a sus explotaciones agropecuarias. El dios dinero cocina panqueques o abre la mente. Este ordenamiento – además – asegura la estabilidad de la ecuación hembras – machos, garantizando que el único acople sexual anual se desarrolle en equilibrio cuantitativo, cuya alteración provoca cambios en sus hábitos hereditarios. La cantidad de madres que con sudor y sangre reúne el semental dominante se rige por la natural oferta y demanda, que no siempre es la más saludable para la raza. Teniendo en cuenta que la proporción ideal oscila entre 5-6 machos por cada hembra – aproximadamente -, cuando el rebaño acotado desborda se descompensa una de las bases fundamentales de la proliferación innata, que impone la cópula por el más fuerte, asegurando el traspaso de sus genes. La armonía correcta – por otra parte – promueve la disputa por el territorio y la posesión de las reproductoras. Si son excesivas no existe móvil para el enfrentamiento, y en pocos años los machos adultos abandonan sus arrestos viriles, innecesarios ante la abundante oferta sexual; a río revuelto, los jóvenes sin el desarrollo físico ni la madurez necesaria cubren cuantas pueden, y la brama, ese incomparable cuasi rugido que llama a la batalla y sexo, ya sin objeto, desaparece lentamente. Pero como bien decían los romanos, no hay nada nuevo bajo el sol. Esta operatoria no hace más que incorporar a nuestro medio lo que en el mundo cinegético se practica desde hace siglos, cuando los nobles de imperios, reinos y condados de la actual Europa aceptaron que la declinación de la especie se relacionaba directamente con el manejo apuntado. Pero vayamos a la inesperada cazada que podría sospecharse como una incoherencia, ya que desde siempre sostuve que la operación tiene que estar a cargo de profesionales con ojos expertos que puedan discernir con exactitud la condición física, edad y/o tipo de deformación que justifiquen la eliminación. Deben ser, por otra parte, eximios tiradores – cazadores, para sortear con éxito el approach, que en este caso requiere cercanía excepcional para evitar confusiones que resulten en la muerte de animales jóvenes, heridos o mal alimentados, tal vez recuperables como eficaces garañones.
Mi oportunidad de usar el rifle, si se presentaba la oportunidad, sería en circunstancias insólitas: por primera vez debería elegir el mejor entre los peores y si no aparecía, 1500 kilómetros al pedo para comer parrilladas y hablar de bueyes perdidos…
El emprendimiento que regentea mi tocayo se cuenta entre los que más ha invertido en esfuerzo y dinero para mejorar el deteriorado estándar del ciervo colorado. La incorporación de reproductores neozelandeses y vientres de Europa Oriental, más largos años de veda absoluta y limpieza genética, culminaron en abundante y cualitativa población que permite el abate de 10 a 15 ejemplares anuales superiores a los 200 puntos CIC, palmas que demandan intenso trabajo veterinario y profundo conocimiento de las características típicas. Diez mil hectáreas con dos terceras partes cubiertas de monte nativo del oeste pampeano y parte de Cuyo, atesoran un fértil soto bosque con pastos naturales, extensas praderas cultivadas con soja, alfalfa y maíz e interminables médanos arenosos alfombrados por altos olivillos, garantizan el genuino trámite venatorio. Esos sembradíos, justo es decirlo, son depredados por los silvestres provocando ingentes pérdidas soportadas como parte del costo alimentario. Como contrapartida, buena comida y abundantes aguadas evitan que emigren y aseguran reses sanas y vigorosas. En resumen, un hábitat perfecto para el desarrollo de fauna silvestre nativa y exótica – algunos venados de las pampas aún vagan absolutamente protegidos – con características excepcionales para el desplazamiento del cazador, ya que salpicados entre sus incontables caldenes, alpatacos y algarrobos, surgen amplios espacios relativamente limpios que permiten la visibilidad que estabiliza la jugada ¡Quién no ha puteado cuando en el remate aparece una pared de maleza y zarzales que crujen como cohetes bajo la suela…!
Junio no es precisamente el mes más agradable en la región, cuando a los tórridos estíos suceden gélidas jornadas bajo cero. Además, llega el tiempo de otra etapa cautivante de la vida cervuna. Desde fines de abril, cuando cesan gradualmente los arrestos amorosos de los jeques y los bramidos espaciados anuncian el fin de la calentura genital, se produce una voltereta sorprendente en su comportamiento. Los gigantes de más de 300 kilos que hasta ayer se trenzaban en furiosos combates muchas veces letales, se amigan, mansos y apacibles, restregándose suavemente las cuernas guarecidos bajo los árboles, lamiendo sus heridas o jugueteando como cervatos. Demacrados, flacos y agotados luego del intenso ajetreo amoroso, buscan recuperar energías redoblando sus incursiones nocturnas a los cultivos, saltando cercas a la par de las preñadas que miran con indiferencia y por las que se jugaron la vida. El atraco termina al presentir el amanecer, cuando regresan lentamente al dormidero para la rumia y el descanso. Un fenómeno de la naturaleza agreste que convierte a los enemigos irreconciliables en compañeros a la espera del volteo o muda, ciclo en que sus imponentes cuernas se desprenden del cráneo, dando paso a un botón aterciopelado que en pocas semanas se convierte en cuerna, prontamente bifurcada en numerosos candiles. Es una ocasión extraordinaria para avistar grupos numerosos, a veces estáticos y con el lomo cubierto de escarcha, lejos de bravatas y erotismo. colorado de invierno cardenal
Va de suyo que la aproximación del cazador – seleccionador durante esta peculiar fase de su vida muestra dos caras: la ventaja que significa la ausencia de ciervas vigilantes listas para el bufido de alarma, y la contraparte: dificultades para seleccionar entre cuadrillas abigarradas, en movimiento y tapándose mutuamente, al ejemplar adecuado.
Luego del largo viaje sin inconvenientes, llegó el abrazo postergado. Recuerdos y anécdotas de las andanzas mutuas jalonaron las horas hasta la cena, oportuna para conocer de primera mano la indelegable faena que había comenzado días atrás con abates desapasionadamente calculados: bestias con cuernas deformes, candiles faltantes, coronas atípicas, patas fracturadas o heridas agusanadas que los marcan como indeseables. También algunas hembras machorras, que no entran en celo por su edad pero agreden a sus pares en época de apareo, interfiriendo el breve tiempo de excitación. Una de las peculiaridades que sentencian a estas madres es el notorio arqueo del lomo hacia abajo, consecuencia del pesado feto que soportan durante los meses de preñez.
Por otra parte, la cosecha demanda una importante infraestructura posterior: un idóneo equipo de cuereo; el desposte y limpieza de la carne; traslado a las cámaras frigoríficas y posterior donación a hospitales, escuelas y asilos. Todo de acuerdo a las disposiciones legales vigentes.
En lo atinente a mis perspectivas, las noticias no podían ser mejores. Carlos tuvo en la mira un par de garañones adultos con defensas en decadencia pero largas y robustas, con los típicos seis candiles de abajo intactos, un detalle no menor para decidir el disparo. No puedo negar que extrañaba la brama, el grito de guerra que como un faro invisible nos orienta; también a las alcahuetas que desapasionadas protegen involuntariamente al padrillo. En cambio, asomaban otras dificultades: fulanos sobrevivientes de muchas temporadas de caza e infinitas vicisitudes, tiroteos, balas que zumban cerca, olor a pólvora y numerosos intrusos. Todo cuanto aumenta su arisques e incentiva la vigilancia.
Al día siguiente llegó el debut esperado. Con una cerrazón importante propia de la época y el suelo escarchado que delata cada paso con sus crujidos, postergamos la partida hasta la tarde, cuando la temperatura aumenta y llega el despeje. A la hora de la siesta partimos en la 4×4 de la estancia rumbo al límite sur, con el objeto de atacar con viento en la cara. Llegamos, última tranquera y a patear se ha dicho. Era la oportunidad para confirmar la eficacia de las bisagras implantadas en mis viejas rodillas, que pocos meses atrás se habían comportado 7 puntos. Demasiado. Transitando sigilosamente la picada charqueada por las recientes lluvias, nos cruzamos con varias manadas de hembras solitarias que mostraban los primeros lamparones del cambio de pelaje, huyendo como enormes antílopes alazanes. De los caldenes aún colgaban solitarias chauchas veraniegas, húmedas bajo el tibio Febo remolón que se volcaba lentamente en el poniente. Descubrimos varios lodazales donde los bichos se bañan para blindarse contra los parásitos, y en uno de ellos nos detuvimos: desde lejos se veían las impresiones digitales de un verraco inusual, con el tranco espaciado del adulto, cascos largos y mochos, y pichicos alejados inusualmente de las pezuñas. Como para tomar nota de su territorio para la próxima…
Aún así, seguía añorando la silueta fugaz del astado enardecido, con su enorme verga erecta golpeando rítmicamente la panza, eyaculando el semen que impregna con tufo los límites de su reino. Una cuasi masturbación ante las que no han ovulado y rechazan sus avances viriles. trofeo pablo con su maquina
Pero había que volver al trabajo… Durante un par de horas de marcha con mi obvio limitador de velocidad, que de paso era útil para evitar bulla, escudriñamos cada rincón de la más que centenaria fronda que nos regalaba pinceladas inenarrables de belleza: un aguilucho oteando su presa desde la rama más alta; torcazas cenicientas; cardenales luciendo su plumaje purpúreo; carpinteros machacando cortezas y benteveos de reluciente amarillo recortados contra el cielo. También el fugaz perfil de don Juan, como tildan al zorro gris, precediendo su estela de agudos ladridos perrunos. ¡Cómo no amar a la caza…!
Al llegar a cada claro del monte nacía el suspenso: descansar el arma y empuñar el prismático para reconocer cada escondite agreste. Era una sutil puja con un solo ganador: el que antes sorprende al adversario. Varias veces avizoramos grandes machos remanentes de temporada, luciendo magníficas testas coronadas por guampas que hacía cosquillear el índice, pero lamentablemente no se incluían en el menú… Otras fuimos venteados, provocando la desbandada de sombras que se perdían entre ruido de ramas quebradas. Era un duelo entre la experiencia del montero frente a miles de años de supervivencia y sentidos sobre naturales. Cuando agonizó el día y cerca de la prematura noche invernal, llegó sin pena ni gloria la hora del regreso.
Un par de días nublados, con cerrazón y garúa, nos obligaron a mate, tortas fritas, recuerdos y relatos ajados. También para ganar experiencia analizando los despojos de los abatidos: falta de algún candil basilar; adultos con coronas con dos solitarios pitones o cuernas largas sin ramificaciones denominadas asesinas en la jerga venatoria. Muchos lucían cuellos robustos y larga barba, pero con notables deformaciones debidas a la artrosis; de otros, mal alimentados como consecuencia de la dentadura desgastada por largos años de rumia, se desechaba la carne magra y fibrosa.
Por fin con frío, cielo diáfano y sol radiante volvimos al campo. Esta vez Carlos decidió recorrer los senderos a bordo y paso de hombre. Pasaron largas e infructuosas horas oteando, interrumpidas por frecuentes paradas para hurgar cada guarida posible. Solo un axis impresionante e intocable al que, con el zoom al mango, me traje como souvenir gráfico… Luego de otro tiro del 30-06 sanitario de mi compañero, y como seguía mi mala racha, decidió que esperáramos un rato junto a una aguada rodeada de huellas cerriles. Cómodos en sendas banquetas plegadizas y ocultos por la copa de un algarrobo que estiraba sus ramas sobre el agua, comenzó el acecho. Al atardecer, una piara encabezada por una jabalina y 8 jabatos rompió la rutina. Era una hembra adulta, cercana a los cien kilos y con el pelaje entrecano. Aunque alguno de los gordos lechones tentaba para el asado, no quisimos alborotar el avispero… Y hubo razón. Pocos minutos después se acercó un ciervo joven encabezando a una pequeña reata de compadres. El primero mostraba dos varas largas – más de 80 centímetros – desprovistas de candiles, y otro un diez puntas con las rosetas robustas pero sin los dos típicos candiles basilares: dos impactos certeros nos devolvieron ecos metálicos retumbando en el monte. Rápidamente, antes que se extinguiera la poca luz del fin de la tarde, la chata quedó en posición de carga. Con la destreza que dan los años y casi sin esfuerzo, desplegó el cable de acero arrollado al malacate eléctrico, abrió un surco detrás de los tendones traseros y por el hueco pasó el par de ganchos de acero sujetos a la sirga. Por control remoto comenzó a jalar hasta que el cuerpo se deslizó sobre el portón trasero volcado. Solo debimos ayudar para acomodar las guampas…colorado de invierno z  Igual que en mis tiempos mozos pero distinto, cuando debíamos rompernos las espaldas para cargar esos monstruos…
Regresamos, sus colaboradores se hicieron cargo y nosotros a reponer las pocas energías consumidas: estuvimos más sentados que de pié o caminando… Mientras planeábamos el futuro cercano me preguntaba para mis adentros: ¿dónde coño estarán los tirables…?
Dos jornadas improductivas y con pocos avistajes estiraron la estadía y la impaciencia, aunque bien dicen que Dios aprieta pero no ahorca. Carlos, tozudo, no cejaba tratando de localizar mi premio consuelo, y por fin se dio la oportunidad. Mientras peregrinábamos por enésima vez entre viejas huellas, hondonadas y bosques, pescó a mi ciervo. Estaba camuflado detrás de uno de los pocos cobijos en que la maraña no dejaba pasar ni a las moscas, rodeado de alpatacos con espinas largas y puntudas que incomprensiblemente no los hieren. Acodado en una horqueta recuperé el aliento y regulé fino el anteojo para analizar las cuernas. Misión imposible: todos se cubrían entre ellos en una danza interminable de rascadas y juegos.
”- El de la derecha es bastante bueno…” cuchicheó junto a la oreja.
Cambié por el rifle pero la mira pero no logré resultados: todo era confuso. Comencé a sudar. Las guampas se desdibujaban y confundían encubiertas en las sombras, sin darme el segundo necesario para elegir al mío. Lo único que me faltaba era meter la pata y voltear a otro…
Traté de dominar la adrenalina recordando mi libreto: si no los alteraba derrochando paciencia, más temprano que tarde San Uberto me tendería la mano. Buscando un ángulo de tiro más adecuado y como los juegos podrían eternizarse, decidí trasladarme unos pasos. En cuatro patas alcancé otro reparo gateando con el rifle cruzado en la espalda. Me acurruqué contra el tronco y aunque lo descolgué a uno por hora, por mala suerte o imprudencia enganché el cañón en una rama que chasqueó levemente. Al unísono pararon la oreja, partieron al trote y se esfumaron.
Con ganas de cortarme las bolas pasé los primeros minutos de luto. Luego volví donde Carlos, que sonreía condescendiente. Lo que aumentaba la bronca.
“… son cosas que pasan, mi amigo, no te calentés que ya los vamos a encontrar, no se fueron muy asustados…”
Regresamos al vehículo y, conocedor de todos los vericuetos de la estancia, guió costeando el monte en un círculo de varios kilómetros. Buscaba la posible salida de los rastros. Pero estaba escrito que no era mi día. Con el anochecer, otro retorno sin suerte y mufa incurable. colorado de invierno zz
Repitiendo tácticas que ya fastidiaban se presentó otra chance: sin ayuda, me regalé el placer de descubrir a uno que puse a consideración del jefe… Lo examinó largamente y aprobó la elección asintiendo con la cabeza. Era un macho con diez o doce puntas, muy grueso, largo y con los seis astiles básicos armónicos. Pero lamentablemente se movía en la penumbra crepuscular. Fue cuando vino en mi ayuda la extraordinaria luminosidad de la Leupold 6X, que me decidió para jalar el gatillo. Apunté al cuarto delantero rogando que la bala no se topara con una rama, y después del culatazo desapareció.
Mil retumbos rebotando entre el follaje, silencio y minutos después el acercamiento sigiloso que desde siempre es rito de los monteros: enderezar la cornamenta para admirarla, aunque en este caso peculiar ya tenía claras mis expectativas. Sin embargo, tantos días de paciencia y fracasos modificaron algunos preconceptos, como que la caza de seleccionados debe ser efectuada absolutamente por especialistas. Comprobé in situ que estos expertos también pueden asumir el papel de guías tal cual lo hacen – en muchos casos – durante la brama. Esto ofrece una nueva coyuntura para un lance tan ético como el mejor y sin los costos muchas veces exorbitantes que demanda una cabeza capital. Muchos cotos ya se han adelantado en ese sentido, ofreciendo cacerías de cabezas elegidas y/o hembras a precios accesibles.
Para terminar, todo culminó felizmente con un trofeo digno, superior al esperado y varios días de rececho en estado puro. Con pocas luces y muchas sombras llegaron las irreemplazables fotos – de calidad para olvidar – que guardarían remembranzas de una aventura diferente. Mientras soportaba los últimos barquinazos que marcaban la despedida, reflexionaba sobre los avatares que propone la cacería: durante mi larga vida montera había respetado ciervos jóvenes y con futuro, pero nunca tantos espectaculares. Pero estaba seguro que Carlos no ignoraba mis ansiedades contenidas y que en nueve meses me compensaría con creces. Hasta le manguearía el jabalí que me dejó caliente…