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Cazar para Seguir Cazando

Ciervo

 

 

Detrás de este aparente contrasentido se esconde la concepción más moderna de nuestra actividad venatoria, que a través de los siglos conoció toda clase de vicisitudes: la prohibición absoluta bajo pena de muerte impuesta por los señores feudales, los saqueos que llevaron a muchas especies al borde la extinción, decenas de guerras que contribuyeron a la debacle silvestre y el permanente comercio de pieles, carnes, garras y cuernos que no ceja desde hace siglos.
Como se puede comprobar, frente a tantos azotes la caza deportiva estuvo, está y estará a salvo de cualquier censura seria, ya que su práctica cualitativa nunca afectó el equilibrio de las especies, antes bien, como se demostrará, contribuye en mucho a su conservación racional y sustentada.
Por otra parte, los cazadores deportivos hemos sido víctimas de campañas persistentes y enconadas para hacernos aparecer como individuos desaforados disparando sin ton ni son a los animales que se ponen a tiro, con el sólo objeto de satisfacer nuestros bajos instintos.
Por lo tanto es necesario desenmascarar a los verdaderos responsables del desastre ecológico perpetrado.
En primer lugar a los promotores de las innumerables guerras promovidas a través de los tiempos, que so pretexto de imponer ideas que siempre fueron buenas porque son de los triunfadores, asolaron a todas las geografías del planeta masacrando millones de seres humanos y “de paso” a otros tantos de animales que cayeron bajo las ballestas, saetas, arcabuces, rifles o bombas.
Cuándo escuchamos a los llorosos snobs-ecologistas referirse a éstas debacles como causantes de la extinción de animales?En los EE.UU. se persiguió durante décadas al indígena con el fin de despojarlo de sus territorios, tarea que llevó a los “valientes” milicos a matarlos como alimañas.
Pero como resultó muy difícil, sino imposible exterminar a los pieles rojas, y a fin de lograr lo que no podían en el campo de batalla, un ilustre y avispado general del que no vale la pena recordar su nombre, encontró la solución al problema indagando cuál era el alimento primordial de las tribus.
Y la respuesta llegó al instante: la dieta de sus enemigos se basaba exclusivamente en la carne de bisonte, el legendario búfalo americano.
Después de su eufórico grito de Eureka, el soldado mayor mandó a sus reclutas y cuantos quisieran ganar un dólar por cuero, a empuñar el Winchester para exterminar a los bisontes, dejando así a los pobres indígenas condenados al hambre y más tarde a la derrota.
Pregunta: Cuándo escuchamos a los sensibleros proteccionistas de pacotilla referirse a ésta hecatombe?
Durante décadas, millones de espectadores batieron palmas ovacionando bailarinas y coristas “engalanadas” con las plumas del último cóndor de la cordillera andina.
Seguramente allí estaban aplaudiendo las señoras gordas que hoy se conduelen por el estado calamitoso de esas aves.
Son las mismas que castran a los gatos para que no “molesten” con sus crías, como lo he demostrado polemizando en la pantalla chica con una de las presidentas de la Sociedad Protectora de Animales, que pretendía explotar la fibra sensible del espectador aupando un enorme gato capado!!. Son las mismas que miran para otro lado frente a los métodos que se utilizan para matar animales que van a parar a su mesa, garroteados y degollados vivos para extraerles hasta la última gota de sangre.
Desde siempre, los restaurantes más caros del mundo han competido ofreciendo platos exóticos: sin distingos de razas o credos, japoneses, chinos, alemanes, italianos o griegos, por citar algunos, se deleitaron saboreando faisanes, aletas de tiburón, carne de ballena o caviar.
Adinerados orientales que se ufanaban de sus culturas milenarias, so pretexto de incrementar su libido casi exterminaron a los rinocerontes y ciervos para comerse los cuernos que potencian – según ellos – sus funciones sexuales.
¿Alguien se ha hecho eco de estos desmanes denunciando su verdadera dimensión?
¿No sería serio y relevante que los que nos atacan porque cazamos, promovieran un boicot a la carne de cualquier tipo – con ellos a la cabeza -, dejando de comerla?El hombre blanco llegó al continente africano, virgen y salvaje, para llevarle su “civilización y cultura”.
Pero de inmediato se abocó a sus prioridades: saquear las riquezas en oro y piedras preciosas para engalanar a los hombres y mujeres de todo el mundo; arriar como bestias a miles de seres humanos que por ser de distinto color pasaron a ser sus esclavos y por fin, entre otras “gentilezas”, matar a millones de animales por sus colmillos, cueros o garras.


Pero no terminó allí su obra devastadora.
Los nuevos dueños del continente negro construyeron caminos, diques, ciudades y fabricas; incorporaron animales domésticos e ingresaron enfermedades y vicios; introdujeron plaguicidas y enseñaron a los nativos el uso de las trampas.
Los animales vieron así acotadas sus migraciones, siendo fácil presa de epidemias, hambrunas y cacerías comerciales.
No se escuchan muchas voces que condenen estos atropellos, lo que pone en evidencia la parcialidad e hipocresía con que juzgan los sesudos seudo conservacionistas que salen a la palestra criticando a la caza deportiva.
¿No sería serio y relevante de parte de nuestros críticos promover un boicot a todo lo que se elabora con cuero de animales, zapatos, carteras, necesaires, portafolios, guantes, etc., con ellos a la cabeza?
Debemos reconocer que los cazadores no hemos sabido defendernos adecuadamente, diferenciando con énfasis a quienes disparan sobre un animal para comer, del esbirro que lo hace para vender los despojos.

Muchos jóvenes, y otros no tanto, se han sumado a la “onda” ecológica, algunos con mala fe y otros por desinformación.
A éstos últimos pretendo ilustrar sí es que realmente están interesados en conservar lo que queda, mostrando los mecanismos modernos e idóneos para hacerlo.
Antes deberán colocarse voluntariamente en una posición imparcial y desprejuiciada, alejada de toda sensiblería, recordando cuanto se ha expuesto para enfrentar con argumentos sólidos a quienes los indujeron a una improductiva caza de brujas.

En el momento en que la UNION INTERNACIONAL PARA LA CONSERVACION DE LA NATURALEZA, entidad rectora auspiciada por todos los países del planeta, de común acuerdo con la ORGANIZACIÓN MUNDIAL PARA LA SALUD y la UNESCO aceptaron como doctrina que “… LA REPRODUCCION INCONTROLADA DE LAS ESPECIES ATENTA CONTRA LAS PROPIAS ESPECIES Y CONTRA EL MEDIO AMBIENTE, POR LO QUE SE DEBE AUTORIZAR LA CAZA…”, se produjo un irreversible efecto bisagra que forzaría a una relación aggiornada de conservacionistas modernos y cazadores deportivos.
Porque de acuerdo al dictamen, la caza quedó aceptada – por fin – como una actividad capaz de colaborar positiva y eficazmente con la preservación de la fauna silvestre.
Sin embargo, para no caer también en la hipocresía, debe quedar claro que los cazadores deportivos no cazamos para salvar la fauna silvestre, aunque sí haremos cuanto esté a nuestro alcance para colaborar con nuestra experiencia en la tarea de los científicos.
Sirva un ejemplo típico para ilustrar al lector.
Aceptando que África es el paradigma de la fauna, por calidad y cantidad de especies, veamos qué ha pasado con su pasado y su presente.
Durante siglos, los animales dispusieron de todo un continente de millones de kilómetros cuadrados para sus migraciones, donde la exigua población indígena se alimentaba en la medida de sus necesidades, sin poner en peligro su equilibrio natural.
Los gigantescos paquidermos, los leones y los herbívoros menores convivían en perfecta armonía, aunque los primeros fueron los más afectados con el ingreso del hombre blanco.
Más allá del pastoreo, otro de los hábitos alimentarios de los elefantes consiste en derribar árboles – a veces centenarios – que la naturaleza tarde décadas en reponer. Luego de varios empellones y merced a su fuerza descomunal los arranca, dejando al descubierto raíces, de las que apenas consume algunos gramos de la delicada corteza que las cubre. A continuación, la emprende con la planta siguiente.
Si pensamos que un animal de 4 ó 5 toneladas necesita centenares de kilos de alimento diario, fácil es comprender la increíble depredación que ocasiona.
No obstante, en los viejos tiempos los desplazamientos naturales les permitían regresar a los bosques depredados cuando la naturaleza ya los había restaurado, asegurándoles así una alimentación inagotable.
Pero hoy el continente está surcado por innumerables rutas y ferrocarriles, se han construido represas y ciudades, usinas y fábricas, yacimientos y lagos artificiales, que no sólo polucionan el ambiente, sino que constituyen vallados naturales para sus viejas rutas, condenándolos a los espacios acotados de los Parques Nacionales, pilares de las reservas faunísticas que albergan a las especies condenadas a desaparecer.
¿Pero puede un Parque, aún de millones de Has, albergar animales tan gigantescos y voraces en número ilimitado?
Muy sencillo: no puede.
La acción lenta y sin pausa destruyendo el bosque lleva a la degradación sin retorno del suelo, que no logra recuperarse a la velocidad con que se lo depreda. Así muere lentamente el bosque y luego inexorablemente, los elefantes.
Ni siquiera les asiste la posibilidad de mudarse a otras tierras más receptivas, ya que éstas han sido transformadas en áreas de cultivo donde las armas están siempre listas para reprimir a los invasores.
Después de siglos criticando a la caza, el científico, el verdadero conservacionista, vuelve la vista a los cazadores y pide ayuda para salvar lo posible.
Se comienza a cazar para seguir cazando.
Porque a pesar de haber sido un secreto bien guardado, no se ha logrado ocultar que algunos gobiernos y sociedades conservacionistas aggiornadas, han debido recurrir al rifle sanitario y a la cacería deportiva para abatir anualmente a los paquidermos que exceden la capacidad alimentaria del suelo.
Así de claro.
Pasemos en blanco y negro el problema con un ejemplo práctico. Si en una hectárea decidimos criar un par de ovejas, seguramente vivirán armónicamente con su pequeña naturaleza, consumiendo el pasto que se repone naturalmente.
Pero si aumentamos el número de animales a 10 o 20 en la misma superficie, veremos que de inmediato desaparece el pasto y los animales mueren de hambre.

En los Parques que protegen elefantes para las generaciones futuras, los científicos y los conservacionistas, preocupados por la realidad, determinan exactamente la cantidad de animales que puede soportar su capacidad alimentaria, calculando los que deben sacrificar anualmente.
La tarea de empuñar el rifle sanitario por los guarda faunas, no es ni más ni menos que una seudo cacería que algunos países ponen en manos de deportistas que aportan millones de dólares destinados al mantenimiento del sistema.
Las imágenes de las matanzas sanitarias se han transmitido por los canales de televisión a todo el mundo, pero poca o ninguna difusión merecieron por los diarios autodenominados “serios”. El yaguareté o tigre americano es un ejemplo doméstico de cuanto afirmo.
Tuvo su área de dispersión desde América Central hasta la Patagonia, fue casi exterminado por la acción de los cazadores comerciales que vendían los cueros a las señoras gordas que los utilizaban como abrigo y hoy todos clamamos por su desaparición progresiva.
El país con mayor densidad de éste bello ejemplar es Brasil, que dentro del inmenso Matto Grosso, en la cuenca del Amazonas, alberga miles de ejemplares.
Gracias a la política de prohibir, tan sudamericana como pocas, la presencia del importante animal peligra a mediano plazo.
El conflicto latente entre los productores de hacienda vacuna y el gran felino, viene de larga data y amenaza con ser más virulento cada día.
La prohibición arbitraria e inconsulta de cazarlos, se topa con los intereses comerciales de miles de hacendados que ven afectado su patrimonio.
Sin planes de contención ni de compensación por las pérdidas, el hipotético sostén proteccionista del animal recae exclusivamente sobre las espaldas de los particulares damnificados.
Y digo hipotético porque es lógico pensar que éstos no tolerarán indefinidamente pérdidas millonarias sin tratar de evitarlas.
Antiguamente, en las estancias criollas azotadas por los desbordes de los pumas, se contrataban “leoneros” para diezmarlos y minimizar sus daños. No sería extraño que allá se contraten “tigreros” para trampearlos ante situaciones extremas.
En nuestro país, donde el tigre americano llegó a vivir en las orillas del lago Nahuel Huapi (de ahí su nombre, nahuel=tigre), en Neuquén, hoy apenas sobrevive en las provincias norteñas linderas al Paraguay y Bolivia y en el Parque Nacional Iguazú de Misiones, donde el número de ejemplares está alcanzando cifras satisfactorias pero, como demostraré, peligrosas.
Deberá extremarse el ingenio a tiempo, antes de que se produzcan situaciones preocupantes.
Es sabido que cada felino como el que nos ocupa necesita 20 kms. cuadrados de territorio per cápita para subsistir, además de una cantidad de carne que supera los 8 kilogramos diarios.
Esa alimentación proviene de los animales silvestres con los que coexiste: pecaríes, ciervos, tapires, etc., para quienes la presencia del gran depredador, sus olores y rastros, no pasa inadvertida, circunstancia que naturalmente los impulsa a poner distancia o emigrar a territorios más seguros.
Así las cosas, lenta pero inexorablemente, el gran carnicero debe desplazarse detrás de su alimento, por lo que en poco tiempo ambos dejan las áreas del Parque, invadiendo territorios vecinos donde el hombre tiene sus pasturas y ganado.
Nuevamente comienza el conflicto y la amenaza justiciera.
La solución – parcial por lo menos – debe pasar por mecanismos similares a los ensayados en África con el diezmo de elefantes.
Si no se pueden salvar mil individuos de una especie, se debe tratar de hacerlo con una cantidad sustentable, que asegure que nuestros hijos no deban conocer a nuestro tigre por fotografías. En España, donde el lobo europeo llegó casi a la extinción total, se capturaron los últimos ejemplares salvajes para reproducirlos en cautiverio y más tarde reinsertarlos en la naturaleza.
Las autoridades, idóneas y prácticas, no vacilaron en legislar mecanismos legales para resarcir a quienes el lobo matara algún animal doméstico. Con actuaciones de oficio, sin trámites burocráticos y pagando en efectivo el valor de la res muerta, se consiguió respetar la veda de caza sin perjuicios para nadie.
Superado el número crítico, los lobos han formado manadas que hoy permiten la implementación de breves y puntuales temporadas de caza deportiva, aseguradas por la cantidad razonable de ejemplares en libertad.
En nuestro país, donde todo se prohíbe, no hubiera sido mejor autorizar una temporada científicamente controlada para diezmar ejemplares de los así llamados depredadores, impidiendo inútiles matanzas posteriores?
Cuánto dinero se hubiera recaudado en permisos y licencias, que bien administrado podría haberse utilizado en programas de protección?
Muchas otras especies nativas sufren el flagelo de la caza furtiva y la administración ineficaz y a veces dolosa.
El ciervo de los pantanos, el huemul, el guanaco, la vicuña, la corzuela y muchos otros están condenados por la desprotección y el desamparo.Como puede observarse despojándonos de prejuicios, el equilibrio moderno de la fauna y otras riquezas naturales no pasa por el voluntarismo, el remanido “pobre animal” o las buenas intenciones, sino por las soluciones racionales, >científicas y prácticas.
Debemos concientizar, sobre todo a los jóvenes, que la fauna silvestre se mantendrá en el futuro acotada por las posibilidades de sustento y no por los proteccionistas cegados por la sensiblería.