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Caceria de Pecaríes

El pecarí es un porcino artiodáctilo originario de América, con un área de dispersión que se extiende desde las provincias norteñas hasta las cuyanas

El género esta compuesto por dos especies, el pecarí de collar ( dycotyles torquatus ), cuyos machos adultos tienen una alzada hasta la cruz de 45 ctms. y unos 25 kilogramos de peso, y el pecarí labiado ( dycotyles labiatus) que se eleva hasta 55 cmts. y pesa alrededor de 60 kilogramos.

El pelaje varía desde el negro total hasta el moro, que mezcla cerdas negras y blancas. El de collar, denominado morito, tateto, o chancho de monte, según la región, muestra alrededor del cuello un collar de pelo casi blanco, y el labiado una mancha de igual color en la comisura de los labios. Los colmillos, peligrosos y afilados, son similares a los de los cánidos.

Una de sus características notables es una glándula secretora ubicada en el lomo, órgano que confundió a los primeros naturalistas que le adjudicaron dos ombligos. Tiene una función muy importante, ya que la sustancia que secreta – de naturaleza viscosa y olor fétido – sirve para delimitar su territorio y manifestar el celo.

Es feroz cuando se desplaza en manadas – una costumbre casi excluyente – presentando enconadas batallas a los perros, sus ancestrales enemigos. Siendo el alimento preferido del tigre o yaguareté, el gran gato debe enfrentar sus temibles colmillos y su característica valentía, que no pocas veces lo pone en fuga.

En nuestro país habita en todas las provincias del norte hasta las de Santiago del Estero, Códoba, San Luis, La Rioja, Catamarca y Tucumán.

La caza deportiva con jauría de este pequeño pero feroz animal es peligrosa, un atractivo que muy pocas especies ofrecen en nuestro medio.

Muy difícilmente se lo puede intentar recechando, ya que tiene su hábitat en lo más intrincado y espeso del monte, un medio en el que es imposible desplazarse sin ahuyentarlos.

Siempre ocultos y mimetizados, con hábitos diurnos o nocturnos, se mueven en piaras que se anuncian desde lejos. Con esta aparente ventaja, podría suponerse que el acercamiento es relativamente sencillo. Nada más lejos de la realidad, ya que dotados de un olfato y oído extraordinarios, pueden detectar a cualquier intruso a gran distancia, iniciando la estampida entre ramas rotas y castañeteo de colmillos.>

Sin embargo, adolecen de una vista muy limitada como consecuencia de su vida montera, inmersa en un ambiente donde el campo visual es siempre cercano.

Para el cazador de a pié y sin perros, queda la suerte de sorprenderlos cruzando alguna picada o sendero, en cuyo caso apenas deja ver su silueta fugaz un par de segundos, tiempo en el que hay que levantar alarma, apuntar y disparar: casi un milagro.

Los mejores métodos son, por descarte, la caza con jauría o el acecho .

Los perros que se utilizan generalmente para la primera modalidad -- un hermoso lance venatorio -- son los adiestrados por los lugareños, que con su ayuda se proveen desde siglos de las proteínas necesarias y mantienen vigentes sus artes de montería.

Son canes de razas indefinidas pero con un común denominador: buenos rastreadores, extremadamente valientes y dueños de un manto o librea parcial o totalmente blancas para ubicarlos fácilmente en la espesura.

 

 

 

Durante una de mis cazadas en compañía de un viejo amigo chaqueño, habitante del Impenetrable, un área boscosa actualmente rodeada por una aureola de leyenda, utilizamos una jauría verdaderamente excepcional.

Once canes de buena alzada, seleccionados por su valor y pelaje, conformaban el mejor ejemplo de adiestramiento para la caza.

Don Chicho era duro como el quebracho para la montería y tierno para el trato con sus amigos.

Hijo y nieto de hacheros, su existencia de más de medio siglo había transcurrido en el corazón de la tierra, lidiando con sequías interminables o lluvias torrenciales, heladas terribles o tórridos veranos con temperaturas que pasan los 45 grados.

Amigo de las víboras -- decía que tenía un secreto para que no lo “piquen”--, camarada de largos silencios y actor obligado de mil penurias, vivía de lo que “cosechaba” de la selva: madera para leña, postes para alambrados y algún cuero que vendía o permutaba por sus “vicios”: un par de botellas de ginebra, harina, y grasa para freír o amasar el pan.

 

Por la noche, mientras se cocinaban al “rescoldo” (cenizas calientes) las sabrosas tortas fritas, solíamos desovillar largos relatos de cacerías, al fin y al cabo la parte más importante de su vida. Y la mía.

Sabíamos amanecer junto a las brasas, rodeados por los perros que capturaban al vuelo los restos que les arrojábamos, sin exagerar, como decía, porque si engordan se hacen lerdos para los chanchos. El secreto es mantenerlos flacos y ágiles para tener chances de ganar la partida.

Con el invierno en ciernes llegué dispuesto a gozar de una cazada en la mejor época del año para la montería, cuando los perros pueden correr sin padecer el calor, tan letal como los colmillos del pecarí.

Después de un día de descanso para recuperarme del largo viaje, al siguiente reunimos a los mejores caballos para el primer intento. Y mucho antes del amanecer estábamos ensillando rodeados por nuestros amigos, que retozaban alborozados presintiendo la aventura.

Luego del desayuno y con algunas vituallas en las alforjas, partimos conteniendo a la jauría y a los caballos que se “salían de la vaina”, ya que por increíble que parezca, ellos intuyen el lance y se excitan como primerizos.>

Apenas amanecía cuando estábamos metidos en una oscura picada abierta en la selva, escuchando el despertar del monte, los trinos de los pájaros que desperezaban sus primeros vuelos y el rumor de los animales que salen de las madrigueras.

Chicho rastreaba desde la montura, descifrando mil huellas que hablaban el idioma de la tierra, y los perros, que por momentos se adelantaban, regresaban sumisos ante el silbido apenas perceptible del amo.

Por fin, una “rastrillada” o sendero de pisadas marcado por el paso de los “chanchos”, mas sus señas de orina y bosta, delató a una piara numerosa que había pasado pocas horas antes.

Nos apeamos en silencio, atando firmemente a los caballos antes de iniciar la marcha..

Una vez sobre el rastro y cuando Chicho lo creyó conveniente, azuzó a los canes que desaparecieron en la espesura.

Los seguimos saltando sobre troncos y ramas caídas, tratando de no perder distancia y llegar lo antes posible al lugar de la pelea, y veinte minutos después el tono de los ladridos anunciaba que se habían topado con la piara.

Al acercarnos, oímos el repiqueteo de colmillos y los ronquidos de los pecaríes junto a los furiosos gruñidos de los perros, y algún chillido estridente que hablaba del tajo inevitable.

Chicho sofrenó mi entusiasmo y me invitó a tomar toda clase de precauciones.

Mi arma era una escopeta con el cañón acortado calibre 12–70 que había modificado especialmente para este tipo de cacería. Utilizaba cartuchos cargados con postas o municiones de 6 m/m, ideales para tiros cortos y disparos desde la cintura, casi sin apuntar.
También y por las dudas, un revólver 44 magnum con cañón de 7 “ y algunos cartuchos en la canana listos para la recarga.

Con la adrenalina en aumento, irrumpimos en el claro que se había formado a fuerza de revolcones de perros y chanchos. Uno de nuestros bravos yacía en medio de un charco de sangre, otro estaba seriamente cortado en una paleta y el resto pelaba con fiereza increíble.

Estaba contando a los pecaríes que se movían como relámpagos cuando sonó el primer disparo de Chicho que con su .12 con postas caseras abatió a dos de un solo tiro, justo en el momento en que debió saltar como un gato para eludir la embestida de un diablillo que pasó sus colmillos a un par de centímetros de la pantorrilla

No me hice esperar y disparé los dos cañones abatiendo a otros tantos que cayeron fulminados. Mientras los perros se trenzaban con los que se me acercaban con malas intenciones, yo miraba cariñosamente a un árbol que tenía a un par de metros con más ganas de treparme que de seguir en tierra.

Un par de escopetazos de mi compañero desató la estampida y en instantes llegó el silencio apenas interrumpido por el jadeo de los perros, el ruido lejano de ramas rotas y su grito llamando a los que aún corrían detrás de la piara.

Nos apresuramos en atender al caído y a un par de heridos leves, y luego del recuento de la “tropa” despanzamos a los animales cuidando que sus infinitas garrapatas .no cambiaran de morada. Luego premiamos a los valientes con los trozos más sabrosos y sanguíneos.

Todo había transcurrido en pocos minutos, lo que dura esa “tormenta sicológica” de la que hablaba Ortega, una mezcla de cansancio, emoción, miedo y alegría que nos deja exhaustos y temblorosos.

Un cigarrillo mientras comentábamos las alternativas del lance y luego mi compañero partió en busca de los caballos.

 

Quedé sólo, dejando que lentamente volviera la calma al cuerpo y al espíritu, que pasara esa ráfaga de violencia y atavismo que algunos hombres todavía guardamos en los genes

 

Desde el suelo, los trofeos que nos mueven a tantos desvelos, mostraban los afilados colmillos con los que vendieron tan cara su vida.